Hay momentos en la vida de los pueblos en que la política deja de ser una disputa por el poder para convertirse en una pregunta sobre el alma. Venezuela vive uno de esos momentos.
Por eso el Manifiesto de Panamá tiene una importancia que trasciende sus páginas. No es únicamente una declaración política. Es una confesión colectiva. Es el intento de una nación herida de mirarse al espejo y preguntarse qué quiere ser cuando despierte de esta larga pesadilla.
Durante años hemos vivido atrapados entre dos extremos: la resignación y la esperanza. La resignación de quienes creen que nada puede cambiar. La esperanza de quienes siguen creyendo que la libertad es posible. Entre ambas fuerzas se ha desarrollado el drama venezolano, un drama que no pertenece solamente a los dirigentes políticos, sino a millones de hombres y mujeres que han visto




