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viernes, marzo 13, 2026

La Peste de la Permanencia: Cómo la Reelección Indefinida nos intenta robar el Futuro

Pedro Castro

Hay enfermedades que matan despacio, y la reelección indefinida es una de ellas, no contenta con destruir la alternancia en la presidencia, sembró un virus más letal: la convicción de que el poder no se presta, se posee. 

Hoy, en Venezuela, aferrarse al cargo es la regla, soltarlo una rareza. Gobernadores, alcaldes, diputados, directores, desde el más alto funcionario hasta el jefe de cualquier coordinación parroquial, municipal o estadal: todos aprendieron que la permanencia es la meta y el servicio, solo el pretexto.

El daño es profundo porque es cultural, se perdió la noción de que un cargo público es, por definición, un lapso prestado: llegas, sirves, dejas lo mejor de ti y te vas para que otros lleguen, esa es la base de cualquier sistema sano: la renovación como garantía de vitalidad. 

Pero aquí el mensaje fue otro: el poder se disfruta, se retiene, se defiende con uñas y dientes aunque el país se desangre.

Lo más trágico es cómo esto contaminó la toma de decisiones. ¿Para qué resolver un problema de fondo si eso tiene costo político? ¿Para qué tomar la decisión impopular pero necesaria si puedo aplazarla y asegurar mi reelección? La consecuencia es una gestión pública castrada, toda visión de alto nivel dentro del marco de diseño e implementación de una política pública está contaminada por decisiones POLÍTIZADAS, donde el cálculo electoral mata cualquier intento de transformación real. 

El funcionario ya no piensa en el legado, sino en la próxima campaña; no construye para quienes vienen, sino que levanta muros para que nadie lo desaloje.

Esta distorsión tiene una verdad incómoda: cuando el poder no se alterna, se enquista. Y enquistado, el que manda termina sirviéndose a sí mismo, los cargos públicos, que deberían ser oportunidades para dejar huella, se han convertido en trincheras vitalicias, hemos pasado de servidores a propietarios de lo público.

Mientras esta lógica persista, Venezuela seguirá atrapada en la mediocridad de dirigentes que miden cada paso por su rédito electoral y no por su impacto social. 

El problema no es solo político: es ético y mientras no entendamos que el poder se presta, no se posee, seguiremos condenados a un futuro que siempre se posterga porque alguien, en algún nivel, prefirió su sillón al bienestar de su gente.

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FUENTE: >>R/S/W

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