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martes, noviembre 10, 2015

De la universidad sitiada

altLuis Barragán
Por muchos años ya, el régimen ha sitiado a la universidad venezolana negándole los recursos económicos indispensables, mancillando su autonomía, violentándola literalmente a través de sus grupos de choque, presionándola administrativamente, postergando las elecciones que nunca ha ganado y sabe muy bien que no ganará,  montándole  parapetos académicos paralelos que no le llegan ni a los tobillos. En definitiva, el complot de Estado, en el que concursan todos los poderes públicos, la aspira servil, menoscabada, dócil y humillada, yendo más lejos que las dictaduras del pasado que lo intentaron inútilmente.
Poco importa al poder establecido que el nivel de ingresos de un docente universitario sea motivo de vergüenza y, menos, contribuir al deterioro de la investigación de las casas de estudios que no pueden siquiera publicar regularmente una tesis meritoria, indiferente y satisfecho con el hampa común que la colma y, en buena medida, ayuda al asedio. A través de sendas maniobras judiciales, ha logrado posponer los comicios para la renovación de las autoridades en las universidades públicas y autónomas, promoviendo un desgaste equivalente a la intervención, mientras tolera – sobran los ejemplos – la incursión de las legiones partidistas para agredir a la dirigencia estudiantil y – no olvidemos – el empleo de artefactos lacrimógenos y otros nada benignos, a objeto de disolver los más modestos actos académicos y destrozar las obras de arte, como ha acaecido en la Universidad Central de Venezuela.


Le importa un bledo al gobierno nacional que numerosos y acreditados profesores, cuyas especialidades hablan de muchos años de formación y experiencia, se vean forzados a dedicarse a otras actividades para sobrevivir e, incluso, irse del país.  Para nadie es un secreto que ha respondido con una feroz represión a la legítima y natural protesta del estudiantado, por cierto, agredido por quienes ayer no sólo rasgaron sus vestiduras en defensa de la autonomía, sino que tanto  gozaron de los antiguos presupuestos universitarios.
En la Asamblea Nacional, la que por cierto, recientemente declaró la guerra a la universidad venezolana mediante la aprobación oficialista de un acuerdo indecible, la oposición democrática ha planteado muchas veces el drama. Ahora recordamos, por ejemplo,  la nada pudorosa concesión de un crédito adicional – a finales de 2014 – por aproximadamente Bs. F 39 millones para la remodelación, ampliación y equipamiento del área recreativa de los cadetes de la Guardia Nacional Bolivariana, mientras que las cifras tan ridículamente bajas se mantienen por años para las universidades públicas (https://www.youtube.com/watch?v=faHOSuI0NPc).
El régimen intenta darle un leñazo final a las universidades paralizadas porque – sencillamente –  no tienen recursos, creyendo satanizarlas con facilidad.  Leñazo irrefutablemente fascista, afincado en la más descarada y mórbida mentira, a propinar por aquellos que, moralmente desautorizados, décadas atrás, banalmente se recreaban con el apedreamiento y la quema de cauchos (que los había), cada semana (excepto, días feriados).
violentándola literalmente a través de sus grupos de choque, presionándola administrativamente, postergando las elecciones que nunca ha ganado y sabe muy bien que no ganará,  montándole  parapetos académicos paralelos que no le llegan ni a los tobillos. En definitiva, el complot de Estado, en el que concursan todos los poderes públicos, la aspira servil, menoscabada, dócil y humillada, yendo más lejos que las dictaduras del pasado que lo intentaron inútilmente.
Poco importa al poder establecido que el nivel de ingresos de un docente universitario sea motivo de vergüenza y, menos, contribuir al deterioro de la investigación de las casas de estudios que no pueden siquiera publicar regularmente una tesis meritoria, indiferente y satisfecho con el hampa común que la colma y, en buena medida, ayuda al asedio. A través de sendas maniobras judiciales, ha logrado posponer los comicios para la renovación de las autoridades en las universidades públicas y autónomas, promoviendo un desgaste equivalente a la intervención, mientras tolera – sobran los ejemplos – la incursión de las legiones partidistas para agredir a la dirigencia estudiantil y – no olvidemos – el empleo de artefactos lacrimógenos y otros nada benignos, a objeto de disolver los más modestos actos académicos y destrozar las obras de arte, como ha acaecido en la Universidad Central de Venezuela.
Le importa un bledo al gobierno nacional que numerosos y acreditados profesores, cuyas especialidades hablan de muchos años de formación y experiencia, se vean forzados a dedicarse a otras actividades para sobrevivir e, incluso, irse del país.  Para nadie es un secreto que ha respondido con una feroz represión a la legítima y natural protesta del estudiantado, por cierto, agredido por quienes ayer no sólo rasgaron sus vestiduras en defensa de la autonomía, sino que tanto  gozaron de los antiguos presupuestos universitarios.
En la Asamblea Nacional, la que por cierto, recientemente declaró la guerra a la universidad venezolana mediante la aprobación oficialista de un acuerdo indecible, la oposición democrática ha planteado muchas veces el drama. Ahora recordamos, por ejemplo,  la nada pudorosa concesión de un crédito adicional – a finales de 2014 – por aproximadamente Bs. F 39 millones para la remodelación, ampliación y equipamiento del área recreativa de los cadetes de la Guardia Nacional Bolivariana, mientras que las cifras tan ridículamente bajas se mantienen por años para las universidades públicas .
El régimen intenta darle un leñazo final a las universidades paralizadas porque – sencillamente –  no tienen recursos, creyendo satanizarlas con facilidad.  Leñazo irrefutablemente fascista, afincado en la más descarada y mórbida mentira, a propinar por aquellos que, moralmente desautorizados, décadas atrás, banalmente se recreaban con el apedreamiento y la quema de cauchos (que los había), cada semana (excepto, días feriados).
@LuisBarraganJ

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