Por: Erick Daniel Camargo*
@EDCG_RED
En estos tiempos complicados de totalitarismo, autoritarismos (desde el gobierno y la oposición), posdemocracia e incluso el arribo de la posverdad, luchar por la democracia se ve como la máxima principal de la especie humana, un precepto que implica también preservar la vida en el planeta, cosa que sólo se lograra con democracia, tanto en el campo político, económico y en el social.
En nuestro caso, Venezuela, la lucha por democracia es algo que la mayoría tenemos presente a diario, pero que casi nadie comprende a profundidad. Muchos asumen que la democracia es un estado político que se decreta a través de leyes y se expresa en el proceso
eleccionario. Que visión tan pobre y estrecha de la democracia. Pero ésta visión es así porque la sociedad venezolana no es democrática plenamente, por eso le ha costado tanto a nuestra sociedad consolidar un sistema democrático pleno y sostenible.
La democracia debemos entenderla como un modo de vida como un proceso socio-político de construcción de visiones compartidas en una comunidad. Dicho esto, entonces podemos abrirnos a un enorme concepto bastante amplio y complejo sobre la democracia, en el cual la familia tiene un rol fundamental.
Dijo en su tiempo Juan Bodino “Es imposible que la República valga nada si las familias, que son sus pilares, están mal fundadas”. Esta frase se podría extrapolar a la democracia. No podremos hacer que la democracia sea valedera y sana, si la familia, su base fundamental, no funciona democráticamente y no socializa a la persona para la convivencia democrática.
Por eso si aspiramos a una sociedad democrática, si nuestro deseo es vivir en democracia y, que ésta no vuelva a ser amenazada nuevamente por el autoritarismo, debemos entonces comprender que la democracia se construye y, su fundamento básico, su bloque de construcción, es una familia democrática.
Entonces ¿Son nuestras familias democráticas? ¿Estamos construyendo democracia en la familia venezolana? A estos cuestionamientos debemos responder con un rotundo ¡NO! Nuestras familias no son democráticas y por eso no crecemos como constructores de democracia.
La familia es un espacio, actualmente, dónde se reafirma el autoritarismo, dónde los niños y niñas no aprenden los principios y valores democráticos; socializándonos a un esquema jerárquico, excluyente y autoritario.
En la familia, el padre y principalmente la madre (sobre todo en Venezuela, donde el padre es el gran ausente), ejercen su dirección y autoridad de forma impositiva. No existen espacios de discusión familiar, ni se toman decisiones compartidas. De hecho, los hijos no tienen voz, o esta se encuentra muy debilitada, no tomándose en cuenta.
Para entender como formar una familia democrática debemos referirnos a la Convención Internacional de los Derechos del Niño, adoptada por la ONU el 20 de 1989, no es algo nuevo, pero que hemos pasado por alto. En esta se considera a todos los niños como ciudadanos, que deben participar en todas las estructuras e instituciones que los acogen, deben participar en el funcionamiento democrático de la sociedad, y deben ejercer sus derechos y libertades en un poder colectivo al lado de los demás. También se refiere a que estos deben asumir responsabilidades, debe emitir su opinión y ser tomada en cuenta de acuerdo su edad y grado de madurez.
Entonces, porque una disposición de hace 30 años no ha sido tomado en cuenta, porque no se ha educado a la sociedad, ni a los padres o madres, tampoco a los hijos, ni en las escuelas. Lo que implica que pocos esfuerzos hemos realizado para democratizar la familia y, por consiguiente, democratizar nuestra sociedad.
La familia democrática se fundamenta en la participación de todos sus integrantes en condición de igualdad y respeto. Ejerciendo el diálogo y teniendo claro las limitaciones que cada uno de sus integrantes tiene, de acuerdo a su rol, como padre, madre o hijos. Convirtiéndose la familia en la pequeña democracia, o en la primera comunidad democrática de nuestra sociedad. En ella cada uno de los integrantes crecerán, se enriquecerán e intercambiaran, como iguales, escuchándose y haciéndose escuchar, funcionando como un conjunto. Así estos podrán emular estas conductas y formas de vivir para con los otros, viviendo democráticamente.
De esta forma los miembros de la familia podrán desarrollar su personalidad, sus gustos y sus rasgos individuales con libertad, sin imposición. Se debe evitar lo máximo posible el dirigismo paterno, muchas veces las madres y padres, procuran conducir las vidas de sus hijos tal como ellos desearían haber vivido su juventud, esto no podría ser más dañino para los hijos, pues ellos son personas autónomas con intereses propios y con expectativas propias. Para una formación familiar democrática, los padres deben actuar como guías y consejeros, más no como directores o arrieros.
El respeto a la institucionalidad, el ejercicio de la autoridad de forma democrática, la participación ciudadana, se aprenden en la familia democrática. Si ésta no es democrática, difícilmente las personas puedan crecer desarrollando las herramientas y aptitudes para un desenvolvimiento en una sociedad democrática, que además busque la perfectibilidad y profundización de esta.
Por eso, para cerrar, creemos imperante que uno de los trabajos fundamentales que tenemos por delante, antes, durante y después de cambiar el gobierno que tenemos; es la educación y la construcción de una familia democrática. No habrá plena democracia en el país si nuestras familias no son democráticas.
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