Para la formación de una conciencia nacional es necesario confíar más en el poder creador de las síntesis que en los frutos aislados y severos del análisis.
Si bien necesitamos de éste para hacer luz por medio del examen de los fenómenos sociales, de nada, en cambio, valdrían sus resultados si luego de disociados los términos del problema no se lograse la fuerza constructiva que explique los hechos y determine la causa de que convivan temas y sentimientos que al pronto parecieran contradecirse.
Por tal razón, el critico de Historia, lo mismo que el sociólogo, debe poseer ventanas que le faciliten mirar a más de un rumbo, y tratar, sin repugnancia, como positivos, ciertos valores que parecieran contradecir el mismo progreso social, de igual modo como el fisiólogo estima ciertos tóxicos que contribuyen a la defensa del organismo.
Precisa no olvidar que el mundo, cómo idea y como voluntad, jamás podrá representarse por medio de monumento de un solo estilo, sino como construcción dialéctica dónde armonicen las contrarias expresiones del pensamiento y del querer humanos.
Quizá el sentido litúrgico e individualista que se quiso dar a nuestra historia ha impedido que se fijen las grandes estructuras ideales en torno a las cuales pueda moverse espontánea y fecundamente el mundo de la pasión y de la reflexión venezolana.
Sin que se logre esa fijación de valores, no como conclusiones estáticas respaldadas o impuestas por academias, sociedades patrióticas o cuerpos policiacos sino como elaboración común de una manera de obrar y de pensar, jamás se dirá que está cuajada para su efectivo progreso nuestra nacionalidad moral, más urgida de salvaguardias que la propia extensión geográfica confiada a la nominal custodia de los cañones.
Para que haya país político en su plenitud funcional, se necesita que, además del valor conformativo de la estructura de derecho público erigida sobre una área geografico-económica, es decir, que, además del Estado, exista una serie de formaciones morales, espirituales, que arranquen del suelo histórico e integren las normas que uniforman la vida de la colectividad.
La existencia del pueblo histórico, que ha conformado el pensamiento y el carácter nacionales, por medio de la asimilación del patrimonio, creado y modificado a la vez por las generaciones, es de previa necesidad para que obre de manera fecunda el país político, sin influencia de la desviada y perversa politiquería.
Se requiere finalmente la posesión de un piso interior donde descansen las líneas que dan fisionomía continua y resistencia de tiempo a los valores comunes de la nacionalidad, para que se desarrolle sin mayores riesgos la lucha provocada por los diferentes modos que promueven los idearios de los partidos políticos.
Antes que ser monárquico o Republicano, conservador o liberal, todo conjunto social debe ser pueblo en sí mismo..
Caminemos juntos a hacia la transformación política Libertadora y a la Justicia que nos lleve a la Paz en el marco de está Segunda Independencia
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FUENTE: >>Ing. José Contreras
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