Cuando el explorador norteamericano John Lloyd Stephens y su compañero y dibujante, el británico Frederick Catherwood, salieron de las aguas del río que bordea la frontera de Chiapas, no sólo estaban empapados y picados por cientos de mosquitos, sino que también habían quedado fascinados. Ante ellos, disimulados entre las copas de los árboles, se levantaban los edificios de Palenque, una ciudad perdida para el ojo de los conquistadores.
Los dos aventureros anglosajones venían de una larga travesía que había incluido comprar una ciudad por cincuenta dólares, litografiar las pirámides de Copán, en la actual Honduras, y hacer un croquis de lo que prometía ser una metrópolis antigua, de una civilización olvidada. Stephens y Catherwood estaban convencidos de que todos los restos arqueológicos que encontraban en su paso por centroamérica estaban conectados entre sí. Pertenecían a una misma civilización de enorme desarrollo, comparable a las grandescivilizaciones de la antigüedad que con tanto respeto recordaba en Europa. Pero allí, en América, los conquistadores no creían posible que una cultura indígena hubiese llegado hasta semejante desarrollo.
Aún no conocían a los mayas.
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