No hay duda de la dificultad que entraña disertar sobre la dualidad que comporta: miedo y respeto. Entre ambos estados, tiende a establecerse una delgada línea y que, según las circunstancias que rodean la situación que sus repercusiones comprometen, llegan a lucir cual invisible frontera. Precisamente, sería ahí donde pudiera confundirse el miedo con el respeto.
Es ahí donde podría inferirse la incidencia de un límite difuso entre el temor y la veneración toda vez que se ha asentido que miedo y respeto, propenden a actuar como dos caras de un mismo abismo. O indagar ¿dónde acaba el miedo y comienza el respeto? Más, cuando pareciera propio hablar de cierta ambigüedad entre el temer y respetar.
Equilibrio frágil
Expuesto lo anterior, podría aceptarse que, entre miedo y respeto, existe un equilibrio frágil. Pero sin que por ello pueda dejar de evidenciarse la tensión propia que se establece a consecuencia de la coerción que todo sistema político ejerce en aras del control político que su permanencia requiere. Desde luego, que concebida dicha situación, como problema político, permite dar cuenta cómo emerge el poder en su relación con la autoridad y la percepción ciudadana. Son, ordinariamente, las circunstancias que enmascaran el miedo y el respeto, en términos de la dualidad que sus efectos configuran.
Es así que, en la perspectiva de esta disertación, cabe aludir a la imposición del miedo como política pues si bien se entiende como criterio de gobierno, el respeto se impone mediante amenazas. Amenazas, que por la misma inercia que su condición arrastra, se convierte -muchas veces- en hechos de fuerza insinuados o instados a través de órdenes o medidas políticas entendidas por la teoría política como “sombras de autoridad”.
La “coerción” como problema
Este es uno de los problemas cardinales que generalmente padece la ciudadanía. Particularmente, al supeditarse el conjunto de grupos humanos -sin mayor atención o coherencia funcional- a las coyunturas que caracterizan la dinámica política y económica impuestas por la irrebatible obviedad de la coerción gubernamental. Según Max Weber, en su obra “Economía y Sociedad”, la coerción es la condición fundamental que el ejercicio de la política exige ante la conducción eficaz del Estado moderno.
En consecuencia, al monopolizar el uso de la fuerza, se hace del control sociopolítico que, su propia necesidad de asegurar el poder político y administrativo, puede garantizar. Por ello, “(…) requiere obediencia, tanto como medios materiales para la correspondiente aplicación”. Y en la exigencia de obediencia, tienden a desfigurarse mecanismos de control de la gestión administrativa. Incluso, en el lenguaje de la Politología se ha llegado a hablar de “autoridad y coerción” como “los límites éticos del poder”.
Sólo que, en el contexto de la dinámica política, las distintas medidas tomadas respecto de la línea administrativa de la coerción, desatan otro problema de importante magnitud. El mismo, de naturaleza sociopolítica, afecta la referida obediencia distanciándola del respeto. Y a su vez, éste, de aquellos valores políticos que configuran el sistema político que sostiene al ejercicio político en el cual descansa el concepto y praxis de “ciudadanía democrática”.
Otro problema a la vista
En medio de la situación enmarcada por una obediencia, en su relación con el respeto, incita conflictos fundamentalmente de tipo ético, moral y político. Y que en sus consecuencias, revelan el miedo en una aberrante vinculación con el respeto. En el entorno de dicha situación, no es difícil vislumbrar el poder como “(…) la posibilidad de que una persona o varias realicen su propia voluntad en una acción en común. Aún, contra la oposición de otros participantes en la misma acción” (Weber, Max: Economía y Sociedad. Fondo de Cultura Económica, Tomo 1, p. 43)
Este tipo de problemas, podría visibilizarse cuando el respeto se impone con amenazas. O en casos de evidente particularidad donde el respeto al sistema político, se desdibuja a través del miedo al líder. O porque se impone la política del temor a manera de inculcar distancia y un presunto respeto al gobernante. Y que no revela otra realidad distinta de lo que la teoría política refiere como la “paradoja del control político”.
Todo esto da cuenta del uso político del miedo. Aunque luzca disfrazado de respeto. Sin embargo, a este nivel de la disertación es necesario resaltar la vinculación que entre el miedo y el respeto se establece cierta reciprocidad semántica y funcional dada la concomitancia que los vincula. Sobre todo, cuando ambas praxis interactúan al amparo del ejercicio del poder, de la percepción ciudadana y de la estabilidad que alcanzan a mostrar los sistemas de gobierno.
Algunos argumentos
Cabe acá preguntar si, basado en el ejercicio del poder que, por razones proselitistas, reúne realidades asentadas en la dualidad que comporta la relación “miedo y respeto”, ¿puede haber un gobierno (legítimo) basado sólo en el miedo o en el respeto?
Según el filósofo político inglés, Thomas Hobbes, el egoísmo humano impulsa el miedo a la muerte y al afán del lucro. Por tanto, su incidencia en la política, puede justificar el contrato social. O la necesidad de contar con un Estado fuerte. Asimismo, sostiene que la teoría política debe tomar a la naturaleza humana tal como es pues su tarea “(…) no es vencer pasiones, sino disciplinarlas.
Y como el miedo no desaparecerá nunca, es posible que sí pueda existir un gobierno basado en el miedo. Pero de suceder, también será posible que por aclamar la gestión gubernamental, logre confundir el miedo con el respeto. Es el caso de ciudadanos que “respetan a ciertos líderes por miedo a represalias. O de líderes carismáticos que mezclan promesas con amenazas disfrazadas.
Esta consideración, lleva a citar a Maquiavelo quien apuntaba que la monarquía debía edificarse “(…) sobre el temor. No sobre el amor o el odio”. Así, el miedo al castigo o a la muerte, aseguraría un gobierno con mayor control sobre la población.
Para Thomas Hoobes, todo gobierno debe contar con un poder soberano que controle cualquier agresión que, en el plano de la convivencia, emane del egoísmo propio del ser humano.
Contrariedades situacionales
Es de un absurdo absoluto, que en los predios de los actuales tiempos, un gobierno se inspire en el miedo con el fin de alcanzar sus propósitos justificando que por la necesaria coerción, adopte medidas punitivas, controles exagerados, persecuciones, apresamientos, libertades y derechos mutilados. Quizás el miedo pueda inducir resultados en el corto plazo.
Pero el respeto es fundamental para construir ciudadanía, prosperidad y desarrollo. Y esto logra verse, al advertir resultados afincados sobre las diferencias que se tienen entre la represión como incitador del miedo, y el diálogo como constructor del respeto.
O bien, como fuente de legitimidad con natural propensión a verse fortalecida ante el crecimiento que inspira el desarrollo en todas sus expresiones y sentidos.
Conclusiones
Sin duda, cuando el miedo se confunde o se disfraza de respeto, se tendrán realidades opacas en cuanto a la transparencia que ordena la justicia y la verdad, en el ámbito de la ecuanimidad política.
Aún así, la dinámica política puede hacer que el respeto se vea carcomido. Sobre todo, si en el fondo de sus realidades se perciben problemas tal como la crisis de liderazgo o democracias enclenques.
Finalmente, vale agregar que cualquier propuesta equivocadamente concebida en lo político, podría conducir a desnaturalizar valores cuyo ejercicio de manera desatinada y arriesgada, empujaría a encrespar o enredar una gestión que pudiera llegar a ser loable. Ella, se vería entorpecida, si acaso las realidades caen en el error de cuando el miedo se confunde con el respeto.
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FUENTE: >>https://www.analitica.com/opinion/cuando-el-miedo-se-confunde-con-el-respeto/
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