El Caos como Sistema
El desorden que percibimos en la política moderna no es una falla del sistema, sino su método de gobierno más refinado y estable. Lejos de ser un accidente, el caos ha dejado de ser un síntoma para convertirse en el sistema mismo; una herramienta deliberada para administrar la obediencia y perpetuar el poder.
Este análisis explicará cómo los líderes contemporáneos planifican la polarización y gestionan el conflicto, no para resolver los problemas de la sociedad, sino para mantener a los ciudadanos distraídos, enfrentados y, en última
instancia, dóciles. El pensador Nicolás Gómez Dávila lo sintetizó con una claridad devastadora:"el caos no es un error del poder, sino su forma más estable"
Para que este caos controlado funcione, el poder necesita una materia prima indispensable, un recurso narrativo que da sentido a toda la estructura: la creación de un enemigo.
El Enemigo Indispensable: La Materia Prima del Poder
El poder moderno no gobierna sobre realidades concretas, sino sobre percepciones. Su principal activo es la narrativa, y el "enemigo" es el personaje central de esa historia. Como advirtió el teórico de la propaganda Jacques Ellul, el objetivo ya no es convencer, sino "impedir el silencio", y nada anula mejor el pensamiento crítico que un adversario visible que concentre el miedo y el desprecio.
En este gran teatro, los extremos políticos que aparentan ser adversarios irreconciliables colaboran en un espectáculo de antagonismo. En la era del simulacro, descrita por Jean Baudrillard, el adversario político se ha convertido en una "imitación funcional del mal", un personaje diseñado para que el ciudadano crea que lucha mientras solo consume.
Rol de la Derecha | Rol de la Izquierda |
Interpreta el papel del "patriota amenazado" que denuncia el avance del caos y la pérdida de valores. | Interpreta el papel del "redentor traicionado" que promete un paraíso de justicia social que nunca llega. |
Ambas facciones se alimentan de su antagonismo como adictos compartiendo jeringa. Sin el otro, pierden su propósito. El objetivo final no es derrotar al adversario ni resolver el conflicto, sino renovarlo constantemente. Cada ciclo electoral es una nueva temporada de la misma serie, con villanos actualizados, pero con un guion idéntico que mantiene a la audiencia cautiva.
Este espectáculo ha transformado la naturaleza de la participación política, convirtiendo al ciudadano en un mero consumidor que ya no interviene en el drama, sino que se suscribe a él.
De Ciudadano a Consumidor: La Política como Identidad de Marca
El ciudadano racional, que analizaba programas y exigía resultados, ha sido reemplazado por un consumidor emocional que busca pertenencia. La política ya no es un espacio de debate, sino un mercado de identidades. Como señala el filósofo Byung-Chul Han:
"el ciudadano moderno no vota, se suscribe"
En el contexto de la "modernidad líquida" de Zygmunt Bauman, donde los vínculos son frágiles y la identidad es inestable, la política ofrece refugios tribales, sólidos y prefabricados. Esta nueva "política de suscripción" se define por las siguientes características:
- Se paga con atención: La moneda de cambio más valiosa no es el voto, sino el tiempo y el enfoque que el individuo dedica a la causa.
- Se renueva con indignación: La lealtad a la "marca" se mantiene viva a través de un flujo constante de escándalos y ofensas que reafirman la maldad del enemigo.
- Se cancela con silencio: La mayor amenaza para este sistema no es la oposición, sino la indiferencia, pues un ciudadano que se desconecta deja de ser rentable.
Los partidos políticos funcionan como agencias de identidad: la derecha vende orgullo; la izquierda vende culpa. Ambas ofrecen paquetes de pertenencia instantánea para un individuo que, en el fondo, no quiere gobernantes, sino "espejos que le devuelvan su caricatura más soportable".
Esta transformación del ciudadano en consumidor ha sido industrializada gracias a la plataforma tecnológica que domina nuestra era: las redes sociales.
4. El Coliseo Digital: La Industrialización del Odio
Las redes sociales no se limitaron a amplificar el conflicto político; lo convirtieron en un modelo de negocio altamente rentable. En esta nueva economía, la indignación es el petróleo del siglo XXI: un recurso que, una vez extraído y refinado, genera enormes beneficios.
El algoritmo que gobierna estas plataformas funciona con una lógica optimizada para la rentabilidad, no para el debate cívico:
- Mide la intensidad, no la ideología: Al algoritmo no le importa el contenido de tu mensaje, solo la fuerza de la reacción emocional que genera. La furia vale más que la razón.
- Alimenta el odio, no lo censura: Las plataformas descubrieron que la polarización genera más interacción (clics, datos) que el diálogo. Por tanto, el contenido más extremo es el más promocionado.
- Crea "burbujas ideológicas": El sistema aísla a los usuarios en cámaras de eco donde solo ven contenido que confirma sus creencias. Rodeado de clones, el individuo se radicaliza y cree tener razón "porque nadie lo contradice".
En este Coliseo Digital, los ciudadanos creen que expresan sus opiniones, pero en realidad trabajan gratis. Como explica Shoshana Zuboff en su concepto de "capitalismo de la vigilancia", cada arranque de furia es una transacción: el usuario no solo entrega sus datos, sino que "alimenta un modelo predictivo que anticipa su próxima reacción".
Este sistema no solo ha industrializado el odio, sino que lo ha revestido de una falsa dignidad, transformándolo en una supuesta virtud moral.
La Trampa del "Idiota Moral": Odiar por Virtud
Ha surgido un nuevo arquetipo ciudadano: el "idiota moral". Se trata del individuo que ha convertido la indignación en una credencial ética. Ya no odia por instinto o por un conflicto de intereses; odia por un supuesto deber moral, convencido de que su desprecio por el otro lo convierte en una mejor persona.
Este arquetipo se define por las siguientes características:
- Busca inocencia, no justicia: Su objetivo principal no es resolver un problema, sino sentirse moralmente superior. La izquierda denuncia la desigualdad con iPhones fabricados por niños asiáticos; la derecha grita contra la corrupción ajena mientras blanquea la propia.
- Su lucha no exige sacrificio, exige Wi-Fi: Participa en linchamientos digitales sintiéndose un mártir sin asumir ningún riesgo real. Su activismo es cómodo y no requiere más que un dispositivo conectado.
- Protege al sistema que critica: Al canalizar su energía en guerras simbólicas, su furia selectiva mantiene el espectáculo en marcha y legitima la indignación del bando contrario, perpetuando el ciclo.
El odio se ha convertido en una poderosa herramienta de cohesión social, como advirtió Friedrich Nietzsche:
"nada une más que odiar juntos"
El poder ha descubierto que el moralismo es más eficaz que la represión directa. Ya no necesita imponer miedo; le basta con estimular la culpa y gestionar la vergüenza pública para mantener el control.
Cada una de estas piezas —el enemigo fabricado, el ciudadano consumidor, el algoritmo del odio y el moralista virtuoso— encaja perfectamente para crear un sistema de dominación extraordinariamente estable.
La Estabilidad del Conflicto Eterno
El objetivo final del poder moderno no es la paz ni el progreso. Como sugiere la célebre idea de la saga Dune, su fin es "prolongar su necesidad". Esto se logra a través de un conflicto permanente y administrado que mantiene a la sociedad en un estado de agitación controlada.
El odio colectivo funciona como un narcótico social: distrae a la población de los problemas estructurales y la mantiene ocupada en guerras simbólicas. Mientras los ciudadanos se agotan debatiendo sobre pronombres, estatuas o tuits, el poder real legisla y gestiona la economía sin interferencias. Como advirtió el pensador Elias Canetti, "las masas no se disuelven, solo cambian de grito", y la democracia contemporánea vive de esos gritos, manteniendo un ruido suficiente para simular vitalidad y una calma suficiente para no alterar los mercados.
Así, este sistema ha logrado una forma de sumisión voluntaria casi perfecta. Las masas se creen más libres y participativas que nunca mientras combaten en batallas diseñadas por el mismo poder que dicen desafiar. Creen estar luchando por una causa noble, cuando en realidad solo son los actores no remunerados en un teatro cuyo único propósito es asegurar que nada cambie realmente.
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