¿Por Qué la Política se Siente como una Pelea de Hinchadas?
¿Alguna vez has sentido que discutir de política en internet es como estar en medio de una batalla entre hinchadas de fútbol donde nadie escucha, solo grita? Si la respuesta es sí, no es tu imaginación. Es el diseño. La política actual se ha transformado, dejando de ser un debate sobre ideas para convertirse en un mercado de identidades y emociones.
El objetivo de este análisis es desglosar de manera sencilla por qué pertenecer a un "equipo" y sentir indignación se ha vuelto más importante que tener la razón. El poder contemporáneo ha descubierto un principio fundamental: ya no necesita gobernar
realidades, le basta con administrar percepciones.El Cambio de Reglas: De las Ideas a las Identidades
Para entender el panorama actual, primero debemos reconocer que las reglas del juego político han cambiado drásticamente. Hemos pasado de un modelo basado en programas y argumentos a uno centrado en la pertenencia y el espectáculo.
El Juego de Antes vs. El Juego de Ahora
Política de Ideas (Modelo Clásico) | Política de Identidades (Modelo Actual) |
Se discuten programas y propuestas: El debate se centra en soluciones concretas para problemas sociales. | Se venden "suscripciones" a una identidad: El ciudadano no elige un programa, consume una marca emocional. |
Se usan argumentos racionales: El objetivo es convencer al otro mediante la lógica y la evidencia. | Se compran personajes y se busca pertenencia: La lealtad al grupo o "tribu" es más importante que la coherencia. |
Se busca transformar la realidad: El fin último es implementar políticas que mejoren la sociedad. | Se confunde agitación con libertad: La actividad constante en redes sociales crea la ilusión de participación real. |
Tu Identidad en Venta
Los partidos políticos y los líderes actúan hoy como "agencias de identidad". Su producto no son las leyes o el progreso, sino un relato emocional que ofrece refugio contra la soledad y la ansiedad del mundo moderno. Este es el producto que vende cada bando:
- La derecha: Vende orgullo. Ofrece la identidad del "patriota amenazado", una figura que defiende una tradición y unos valores en constante peligro.
- La izquierda: Vende culpa. Proporciona la identidad del "redentor traicionado", un personaje moralmente superior que lucha contra un sistema injusto.
- Ambas: Ofrecen un refugio contra la incertidumbre. Prometen una pertenencia instantánea, un grupo con el que odiar en conjunto para no sentirse solo.
Como resumió el filósofo Byung-Chul Han, el ciudadano moderno "no vota, se suscribe". Paga con su atención y su lealtad a cambio de una identidad prefabricada. Pero para que estas marcas de identidad funcionen y mantengan la fidelidad de sus suscriptores, necesitan un elemento clave: un adversario perfectamente definido.
El Protagonista Indispensable: El Enemigo a Medida
En la política-espectáculo, el adversario no es un obstáculo a superar, sino el protagonista que mantiene la trama en movimiento. El poder necesita un enemigo para existir y justificar su existencia; es su "materia prima" y la "escenografía" sobre la que actúa. El objetivo no es derrotar al adversario, sino mantenerlo útil. No hay derecha sin una izquierda a la que caricaturizar, ni izquierda sin una derecha que justifique su lucha. Son socios en el negocio de la polarización.
Las Tres Funciones Clave del Enemigo
El enemigo cumple un rol fundamental para mantener cohesionadas a las tribus políticas. Sus tres funciones principales son:
- Da Identidad: La forma más rápida de saber quiénes somos es saber contra quién estamos. El odio compartido se convierte en el pegamento que une al grupo. Como afirmó el filósofo Friedrich Nietzsche, "nada une más que odiar juntos".
- Simplifica el Mundo: Ofrece una excusa moral para cada problema. En lugar de enfrentar preguntas complejas sobre la estructura del poder o la economía, se ofrece un rostro al que culpar: el inmigrante, el millonario, el feminista, el patriota. Esto evita la reflexión y fomenta la reacción.
- Genera Cohesión: Mantiene a la tribu movilizada a través de una hostilidad constante y administrada. El conflicto permanente garantiza la atención y la lealtad del grupo, evitando que la gente se ocupe de lo que realmente le concierne.
Esta necesidad de un enemigo funcional nos lleva a una pregunta inevitable: ¿qué herramienta moderna ha perfeccionado la creación y difusión de estos odios a una escala industrial, convirtiéndolos en el motor de la vida pública?
La Fábrica de Indignación: Redes Sociales y Algoritmos
Si antes el odio era un combustible político, las plataformas digitales lo han convertido en el negocio más rentable de nuestro tiempo. Han "industrializado" el conflicto a una escala nunca antes vista.
El Odio como Negocio
La lógica es simple: la indignación es el petróleo del siglo XXI. Un ciudadano tranquilo y reflexivo no produce datos. En cambio, un ciudadano furioso genera clics, comentarios, interacciones y, por lo tanto, más dinero. Al algoritmo no le importa la ideología (izquierda o derecha), solo la intensidad. Cuanto más furioso estás, más valiosa es tu ira para el sistema que la monetiza. Esta lógica es el núcleo de lo que la académica Shoshana Zuboff denominó "capitalismo de la vigilancia": un sistema que no solo observa, sino que moldea nuestro comportamiento para obtener ganancias.
La Burbuja: Tu Propio Coliseo Personal
Lejos de conectar a la gente, las redes sociales la aíslan. Crean "burbujas ideológicas" o "cámaras de eco" donde cada persona está rodeada de "clones" que piensan exactamente igual. El resultado es devastador para el debate: la persona cree tener la razón absoluta porque nadie la contradice, su odio se alimenta y valida constantemente por el grupo, y se pierde la capacidad de dialogar, porque el insulto genera más tráfico que la conversación.
El Control Invisible
En este nuevo ecosistema, el poder ya no necesita la censura tradicional. Simplemente "terceriza el control" a las plataformas, cuya propaganda se vuelve automática, invisible y participativa. El ciudadano se convierte en su propio vigilante.
"El sistema no necesita represión cuando tiene precisión. El ciudadano se vigila solo, denuncia a sus semejantes y aplaude mientras su atención es cosechada. La libertad se volvió una interfaz: desliza, comenta, obedece."
Este sistema de identidades a la carta, enemigos funcionales y algoritmos rentables nos ha encerrado en un ciclo de furia permanente que nos distrae de lo fundamental.
¿Luchamos o Solo Participamos en el Show?
La política contemporánea se ha convertido en un gran espectáculo diseñado para mantenernos ocupados en guerras simbólicas y emocionales. Mientras la gente se devora en redes, los gobiernos legislan en paz, protegidos por la niebla del ruido útil que nosotros mismos generamos.
En este "embotellamiento moral", la izquierda y la derecha ya no son caminos opuestos hacia futuros distintos; son simplemente carriles diferentes del mismo atasco que no lleva a ningún sitio. El sistema no teme al caos, lo factura. No corrige la polarización, la administra.
Sabiendo que el sistema se alimenta de nuestra indignación, la pregunta que debemos hacernos es: ¿cómo podemos empezar a pensar por fuera de nuestra tribu y exigir debates reales en lugar de solo consumir el espectáculo del odio?
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