La reciente reforma a la Ley de Hidrocarburos en Venezuela se presenta ante la opinión pública como un "ajuste necesario" para la reactivación económica. Sin embargo, tras el barniz del pragmatismo político, subyace una persistencia en los errores conceptuales que han signado la tragedia del capital en nuestra nación. Esta reforma no es un paso hacia la libertad, sino una reconfiguración del estatismo que continúa asfixiando el cálculo económico y la función empresarial.
*La Ilusión de la "Apertura" bajo el Dominio Eminente*
Desde la perspectiva de Murray Rothbard, el problema de fondo de la legislación petrolera venezolana no es el porcentaje de participación accionaria, sino la negación de los derechos de propiedad privada sobre el subsuelo. La reforma mantiene el dogma del dominio eminente del Estado, lo que reduce a los actores privados a la categoría de simples "concesionarios" o "socios minoritarios" supeditados al capricho de quien detenta el poder.
Al no existir una propiedad privada plena, desaparece el incentivo para la preservación del valor del activo a largo plazo. El concesionario, enfrentado a la incertidumbre institucional y a la temporalidad de su derecho, se ve empujado a una explotación de "rapiña" para maximizar beneficios antes de que las reglas del juego vuelvan a cambiar. La propiedad estatal es, por definición, una propiedad descapitalizada.
*El Problema del Cálculo Económico y la Inversión Dirigida*
Ludwig von Mises demostró que sin precios de mercado para los bienes de capital y sin una propiedad privada real de los medios de producción, el cálculo económico es imposible. La reforma pretende que el Estado siga siendo el gran arquitecto que decide quién, cómo y cuánto se invierte a través de empresas mixtas controladas burocráticamente.
Cuando el Estado interviene en la estructura de capital petrolero, las señales de precios se distorsionan. Las inversiones no fluyen hacia donde la eficiencia productiva lo dicta, sino hacia donde el planificador central —movido por intereses políticos de corto plazo— decide "sembrar" el esfuerzo. El resultado es una malaignación de capital (malinvestment): infraestructuras sobredimensionadas y proyectos zombis que solo sobreviven gracias a privilegios legales, mientras se desatienden las necesidades reales de los consumidores.
*La Trampa del Fiscalismo y el Efecto Cantillon*
Otro punto crítico es la persistencia en el esquema tributario y de regalías. La captura de la renta por parte del Estado no es una "bendición social", sino una transferencia masiva de recursos desde el sector productivo hacia una burocracia improductiva.
Este flujo de dinero fresco hacia el fisco genera lo que conocemos como el Efecto Cantillon: los primeros receptores de la renta (el Estado y sus contratistas afines) se benefician a costa de la pérdida del poder adquisitivo del resto de la población. La reforma, al buscar oxigenar las arcas públicas en lugar de liberar la producción, garantiza que el petróleo siga siendo un motor de desigualdad institucionalizada y un combustible para la expansión del gasto público que alimenta la inflación.
*Conclusión: ¿Reforma o Transformación?*
Para que Venezuela salga del "laberinto", no basta con retocar porcentajes de participación en empresas mixtas. La verdadera reforma requeriría una desestatización radical: la devolución de la propiedad del subsuelo a los ciudadanos y la eliminación de las barreras de entrada que impiden una competencia real.
Mientras la Ley de Hidrocarburos siga siendo un instrumento para que el Estado controle la principal fuente de liquidez de la nación, seguiremos atrapados en el ciclo de auge y quiebra del rentismo. Como bien señaló F.A. Hayek, la libertad económica es inseparable de la libertad política; y una nación donde el Estado es el dueño de la energía nunca podrá ser una nación de ciudadanos libres, sino de súbditos dependientes de la voluntad del planificador.
Venezuela no necesita "sembrar" el petróleo mediante el Estado; necesita liberar al petróleo del Estado para que sea el mercado, y no el burócrata, quien guíe nuestro destino hacia una prosperidad auténtica y sostenible.
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FUENTE: >>Econ. Jose Gregorio Santeliz C
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