Hay momentos en la historia de los pueblos donde las ruinas no sólo se miden en cifras económicas, sino en los gestos cotidianos que revelan la pérdida del orden y del sentido colectivo.
Venezuela vive uno de esos momentos y, en medio del caos, una figura se ha vuelto omnipresente: la motocicleta, es el resumen de nuestra tragedia contemporánea, arrasando con todas las nociones de normalidad.
Esa máquina liviana, ruidosa y temeraria se ha convertido en el testimonio más feroz de nuestra decadencia, ese enjambre infinito de motocicletas invadiendo cada calle, cada esquina, cada resquicio de lo que alguna vez fue ciudad, dejó de ser el bullicio amable del tráfico cotidiano y ahora encarna el estruendo la descomposición de un país. Las motos, en su multiplicación irracional y caótica, son el símbolo más visible del derrumbe social y económico de toda la nación.
La crisis multidimensional que desgarró al país, en lo político, económico y espiritual, también nos condujo a la terrible imposibilidad de acceder a un vehículo, los ingresos se pulverizaron, el crédito desapareció, y los que alguna vez tuvieron un automóvil terminaron vendiéndolo para sobrevivir o reemplazarlo por una moto, mucho más barata y resistente al absurdo inflacionario.
Los aranceles para importar vehículos se volvieron impagables, y los pocos concesionarios que subsisten son espacios fantasmales donde los precios son inaccesibles para una población empobrecida que perdió más de 80% de su producto interno bruto.
El combustible y los lubricantes que alguna vez fueron símbolo del subsidio y del poder petrolero, hoy se ajustan a estándares internacionales, una ironía cruel para un país productor de petróleo.
Pero el verdadero rostro de esta transformación no está sólo en la economía, sino en la calle. Las motos importadas, ensambladas bajo condiciones turbias y con capitales que huelen a lavado de dinero y narcotráfico, se multiplicaron como plaga. Detrás de ellas operan mafias de origen árabe y asiático que encontraron en este caos su oportunidad, amparadas por organismos complacientes y un poder que ve en el desorden una forma de control, como suele ocurrir en Venezuela.
Detrás de cada necesidad legítima florece una estructura corrupta que distorsiona todo. Mientras el venezolano de a pie luchaba por conseguir repuestos o gasolina, estas redes consolidaban su dominio sobre la economía paralela y el tráfico de mercancías, capturando la logística, el transporte informal y el contrabando, así la moto no sólo se volvió necesidad, se transformó en vector del desorden, en instrumento del control informal del territorio, en el emblema mecánico de un país gobernado por lo anómico.
El resultado es un paisaje urbano desquiciado, no existe acera, comercio, panadería o farmacia donde no se amontonen decenas de motocicletas mal estacionadas, bloqueando el paso, el aire y la paciencia de todos. Circulan tres y hasta cuatro personas en una misma moto, niños pequeños, ancianos y hasta bebés transportados sin casco, sin cinturón, sin siquiera la noción de riesgo.
Las normas de tránsito son letra muerta, son una pieza arqueológica. La autoridad, una sombra cómplice. Los peatones son rehenes de ese enjambre metálico que ruge, irrumpe, invade, atropella, y los cuerpos policiales, corrompidos hasta la médula, participan del mismo festín de anarquía, extorsionando a unos y perdonando a otros.
Cuando una sociedad renuncia al respeto por las normas y por la convivencia, la sociedad se convierte en reflejo del espíritu colectivo. Platón advertía que “el desorden en la sociedad es producto del desorden en el alma”. Esa sentencia, escrita hace más de 2.000 años, parece haber sido pensada para describirnos hoy. Lo que ocurre con las motos en Venezuela no es un simple problema de tránsito, es una metáfora del colapso moral e institucional, dibuja el retrato estridente de un país donde todo se trastocó, donde la ley se diluyó y el respeto mutó en supervivencia, es un país donde el alma ha sido sometida a una larga humillación, donde el instinto de sobrevivir reemplazó cualquier noción de responsabilidad o civismo.
Así transitamos este infierno: cada moto que pasa es una pequeña señal del derrumbe, una chispa de ese incendio mayor que nos consume y que ya pocos parecen dispuestos a apagar.
Las consecuencias son más profundas de lo que parecen, lo que comenzó como una respuesta económica terminó siendo una herida moral, las motos se transformaron en el retrato exacto de lo que somos, veloces para huir, ruidosos para imponernos, incapaces de detenernos. En la multiplicación de motocicletas hay algo simbólico, cada una parece llevar consigo un pedazo del orden perdido, un fragmento de una nación que alguna vez creyó en la calma, en el respeto y en el porvenir.
Venezuela se mueve o se arrastra hacia el futuro sobre dos ruedas, un país donde sobrevivir se volvió una competencia entre motores, donde nadie quiere ser el más lento, pero casi nadie sabe hacia dónde va.
Ese es el infierno de las motos: no el ruido ni el tráfico, sino lo que revela de nosotros mismos si no enfrentamos decididamente este mal.
@jufraga12
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FUENTE: >>https://www.elnacional.com/2026/02/venezuela-el-infierno-de-las-motos/
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