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domingo, abril 05, 2026

Fernando Mires – Venezuela: LA TRANSICIÓN BLOQUEADA

La premisa del presente artículo es que toda transición no es un hecho sino un proceso, entendiendo por proceso una articulación de hechos que lleva al cumplimento de una nueva fase histórica. Efectivamente, la historia, lejos de estar determinada por leyes, sigue cursos condicionados por la articulación de hechos que llevan a procesos que se autodeterminan y, solo después de ocurridos, pueden ser divididos en fases o episodios.

Sobre la base de esa premisa podemos decir que en Venezuela, y quizás en países donde también rigen autocracias como Cuba y Nicaragua, ha comenzado un proceso externamente inducido que, eventualmente, y solo si se dan algunas condiciones, podría llevar, si no a la democratización, a la formación de repúblicas no autocráticas.

Decimos externamente inducido porque el factor determinante ha sido, y será durante algún tiempo más, el gobierno de Trump el que, siguiendo al pie de la letra la Estrategia de Seguridad Nacional del 2025, busca asegurar la dominación hemisférica en países en peligro de ser ocupados económica, política o militarmente por uno o por los dos imperios rivales: Rusia y China.

Podemos decir entonces, sin temor a equivocarnos, que el nuevo orden mundial será también un orden neo-imperial, y los tres países nombrados fichas jugadas en la mesa de una nueva repartición del mundo.

Debemos tener en cuenta que al gobierno Trump no interesa la eliminación de dictaduras, ni tampoco el establecimiento de democracias. Más le interesa apoderarse de recursos estratégicos de las naciones a las que integra en su órbita de dominación y así impedir impedir en “su” hemisferio la entrada de capitales chinos o agentes militares rusos. Eso lo ha logrado en los tres países dictatoriales mencionados.

En Cuba, Trump deberá asegurar su dominación, todavía no sabe bien cómo. En Nicaragua, Ortega y Murillo son tan miserables que a nadie extrañaría que se declararan pro-norteamericanos de la noche a la mañana. En Venezuela, Trump ha alcanzado algo más: ejercer tutelaje económico y político a través del gobierno neochavista de Delcy Rodríguez.

En Cuba y Nicaragua no se observan síntomas de transición democrática. En Venezuela, en cambio, sí. Venezuela es, o ha llegado a ser, el eslabón más débil de la cadena dictatorial latinoamericana. Esa es la razón por la cual muchos observadores, venezolanos o no, escriben sobre el inicio de la transición de la dictadura a la democracia. Nuestra opinión en cambio no es (todavía) tan optimista.

RUPTURA Y APERTURA EN VENEZUELA

En Venezuela hay motivos para pensar que la transición está cercana, pero también para pensar que ese proceso, si es que tiene lugar, será muy difícil. Por el momento, mi tesis es: En Venezuela la transición de la dictadura a la democracia se encuentra bloqueada por factores más internos que externos. Dicha tesis debe ser fundamentada.

En Venezuela hubo y hay una ruptura interna del régimen que llevó hacia una apertura política. Otros, con buenas razones, piensan al revés: que ha sido la apertura política debida a la “extracción” del dictador, lo que ha llevado a la ruptura del régimen madurista. Los historiadores deberán resolver más tarde cual de las dos realidades es la cierta. La primera parece al autor de esta líneas más probable. Trump, actuó con conocimiento de que en la cima del PSUV había, si no una ruptura, una trizadura.

Precisamente mientras escribo estas líneas, el cardenal Porras ha confirmado que EE. UU. ofreció a Maduro la posibilidad de abandonar el país, la que fue rechazada por el dictador. Eso lleva a pensar que EE. UU. mantenía contacto, no solo con Maduro, sino con la plana mayor del régimen. Lo que estaba en juego en ese momento – y así lo comprendieron los Rodríguez y probablemente Diosdado Cabello- era la sobrevivencia histórica del chavismo. Entregar a Maduro era la única posibilidad para evitar que EE UU -en el marco de una nunca habida guerra contra el narcoterrorismo- invadiera masivamente a Venezuela.

Seguramente, para la fracción más madurista del gobierno, la alternativa asumida por la fracción dirigida por los Rodríguez fue vista como traición a Maduro. Esa es también la misma tesis del principal partido que apoya a María Corina Machado, VENTE. El dirigente de ese grupo extremo, Omar González Moreno, afirmó, y no por casualidad el Viernes Santo, que Delcy Rodríguez era una Judas, repitiendo la frase ya formulada por el filósofo putinista y rusófilo Aleksandr Dugin.

Pero concentrémonos en lo esencial: lo cierto es que en Venezuela hay una ruptura. Ahora, entre ruptura y apertura hay una relación obvia. Hay dentro del chavismo una ruptura con Maduro y el madurismo, emergiendo la posibilidad de un “delcismo” que, como hemos formulado en otros textos, representaría la tercera forma de vida del chavismo (las dos primeras fueron el chavismo de Chávez y el madurismo).

Chávez había sido un populista extremadamente autoritario, pero no un dictador en el sentido clásico del término. Maduro, sobre todo después del fraude electoral del 28-J, se convirtió en un dictador clásico; peor aún: sin apoyo social, despreciado hasta por gobiernos de izquierdas y sin más apoyo que el de políticos europeos de baja calidad como son Monedero, Iglesias, Ramonet, más el de dictadores como Díaz Canel, Ortega, Kim Jong Un, los ayatolás y Putin.

Delcy Rodríguez, luego, está cumpliendo un triple papel: salvadora del chavismo originario “traicionado” por Maduro, representante de los intereses geoestratégicos de los EE UU e iniciadora de una apertura que, eventualmente, podría llevar hacia una transición política. A esos tres papeles Trump ha agregado un cuarto: garante de la estabilidad política. No es poco.

Para cumplir esos cuatro papeles, Rodríguez necesitó romper con el madurismo. Esa ruptura a la vez solo podría ser consolidada con una apertura del régimen la que sería, por supuesto, apoyada por Trump. La apertura ya ha sido en gran parte llevada a cabo con la liberación de muchos presos políticos y con la disminución de la represión. Falta aún la apertura económica la que no será tan fácil debido a la terrible inflación que azota al país. Pero vendrá, y gracias a un mejoramiento de los ingresos, Delcy Rodríguez espera convertirse en la líder de un tercer chavismo menos dictatorial y más social que el de Maduro. Trump espera lo mismo. Y por eso Trump cifra todas sus esperanzas en Rodríguez y no en Machado. La razón es simple: Rodríguez garantiza por el momento la estabilidad política y Machado no. Aquí hay que hacer un acápite. Trump, no es un demócrata, pero sí un “realpolitiker” en el sentido kissingeriano del término.

Acápite: LA ESTABILIDAD SEGÚN TRUMP

Según Kissinger, recordemos, hay dos principios determinantes en la política nacional e internacional: estabilidad en lo interno y equilibrio en lo externo. O formulado así: el equilibrio de las naciones solo puede ser garantizado por la estabilidad. Si esa estabilidad es garantizada por una democracia, tanto mejor. Si es garantizada por una dictadura, hay que aceptarlo. Eso significa que ni Trump, ni Rubio, ni nadie, está interesado en desestabilizar a la nación venezolana en aras de una democracia improbable. Por eso, y nada más, Trump no apoya a María Corina Machado y sí, con mucha elocuencia, a Delcy Rodríguez.

Marco Rubio intenta seguramente tranquilizar a Machado asegurando que ya llegará su momento. No obstante, Trump ya dejó entrever que, si no a Delcy Rodríguez, prefiriría apoyar, cuando llegue el momento, a un candidato de centro y no a María Corina Machado. De otra manera no se explica por qué Trump invitó a la ceremonia de su discurso anual a uno de los más centristas, democráticos y constitucionalistas políticos de Venezuela: Enrique Márquez. Eso significa que, si bien Machado es trumpista, Trump no es machadista. Y no lo es, porque Trump cree que solo una opción no polarizada pueda ayudar a la estabilidad de Venezuela. No estoy inventando nada; así son las cosas.

LAS EXPERIENCIAS DE LA HISTORIA

La relación entre ruptura y apertura que hoy tiene lugar en Venezuela no es excepcional. Todo lo contrario: esa ha aparecido en la mayoría de los países en en donde ha habido una transición hacia la democracia. De ahí que no es mala idea echar una mirada a otros procesos históricos de democratización que han tenido lugar en diversos puntos del globo.

Una de las más clásicas transiciones fue la que dio en Sudáfrica cuando un presidente defensor del Apartheid, de Klerk se dio cuenta (1989) que, para superar el estado de violencia imperante y el aislamiento de Sudáfrica, la única alternativa era liberar a Mandela y a otros miembros del movimiento anti-Apartheid. Rompiendo con el racismo imperante en su propio partido (Nuevo Partido Nacional), de Klerk liberó a Mandela e inició un diálogo con el líder sudafricano quien a su vez rompió con las tendencias guerrilleras que anidaban en su movimiento. Esa doble ruptura llevó a la apertura política, es decir, se dieron rápidamente las tres condiciones que llevan a una transición: ruptura, apertura y construcción de un puente entre gobierno y oposición.

Una transición parecida a la de Sudáfrica fue la española. La diferencia es que la ruptura fue biológica: la muerte de Franco (1975) equivalente en cierto modo a la muerte política de Maduro después de “la extracción”. Franco fue sucedido por el inmovilismo de Arias Navarro (1975-1976), quien intentó algunas tímidas reformas en el arcaico sistema de dominación franquista.

La transición comenzó con Adolfo Suárez, representante del ala económica modernizadora del franquismo, quien rompió con el franquismo atávico impulsando la Ley de Reforma Política aprobada en el referéndum constitucional de 1976. Los partidos políticos de oposición fueron legalizados, incluyendo a los comunistas. Fue ahí cuando Suárez construyó dos puentes: uno con la monarquía y otro con el PSOE de Felipe González, apoyado por toda la socialdemocracia europea. De ese esfuerzo conjunto nació la Constitución de 1978 que actualmente rige en el país.

En España, en síntesis, hubo ruptura al interior del bloque dominante, luego una apertura política y finalmente un puente entre el gobierno post-franquista y la oposición democrática, en aras de la democratización del país. En Polonia pasaría algo parecido.

Dentro de las transiciones que llevan a la democracia nunca se puede pasar por alto la de Polonia, la más prototípica de las que pusieron fin a las dictaduras del mundo comunista. En Polonia, además, a diferencia de las demás “democracias populares”, había una oposición consolidada gracias a dos fuerzas históricas: el movimento políticamente organizado llamado Solidarnosc y la Iglesia Católica.

La ruptura definitiva provino desde el exterior, gracias a la aparición de la Perestroika de Gorbachov y de la profunda crisis económica que prevalecía en Polonia. El último intento comunista por sobrevivir había sido la dictación de la Ley Marcial en 1981. Fue en ese tiempo cuando en Solidarnosc aparecieron dos opciones: la de la lucha confrontacional contra la dictadura comunista, y la representada por Lech Valesa, quien buscaba construir un puente entre gobierno y oposición. Finalmente los comunistas, ante la imposibilidad de gobernar, abrieron un ala dialogante, como esperaba Valesa. Así, en 1989 fue legalizado Solidarnosc. Ese mismo año tuvieron lugar elecciones parlamentarias en las que Solidarnosc alcanzó una abrumadora mayoría. En las presidenciales Valesa se hizo a un lado, apoyando al conservador Tadeus Mazowieck en las elecciones de presidenciales de 1989-1990. Ese triunfo abrió el camino al derrocamiento pacífico de las dictaduras comunistas europeas, incluida la de la URSS. Poco tiempo después, Valesa sería elegido presidente de la nación.

En síntesis, la democratización de Polonia fue el resultado de tres rupturas, la externa de Gorbachov, la de Walesa con respecto a los grupos extremos de Solidarnosc y la que tuvo lugar al interior del partido comunista. La apertura se produjo de modo paralelo con el puente que buscaba construir Walesa con fracciones del régimen comunista.

En América Latina la transición más clásica ha sido sin duda la que llevó al fin de la dictadura de Pinochet en Chile. En eso hay acuerdo unánime. También lo hay en que el hecho decisivo de la transición fue el triunfo del NO en el plebiscito de 1988. No obstante, para obtener ese triunfo fue necesario construir un puente entre los diferentes partidos políticos no pinochetistas.

El resultado del plebiscito provocó una trizadura al interior del gobierno militar. Pinochet sometió a discreción de la Junta de Gobierno la continuidad del régimen pero fue frenado por la actitud constitucionalista del general en jefe de la fuerza aérea Fernando Matthei. Sin unanimidad militar los días de gobierno de Pinochet estaban contados. Las elecciones constitucionalistas de 1989 fueron posibles gracias al enlace que se dio entre el gobierno militar y el conjunto de la oposición.

En las elecciones presidenciales triunfó ampliamente la candidatura del demócrata cristiano Patricio Alwyn, aunque el verdadero líder de la campaña a favor del NO había sido Ricardo Lagos. Pero, al igual que Valesa, el socialista Lagos supo hacerse a un lado para facilitar acuerdos y negociaciones entre el gobierno y representantes de la ex dictadura.

En este brevísimo paseo a través de algunos connotados procesos de democratización hemos observado una constante. En todos los casos, aunque no siguiendo siempre el mismo orden, ha tenido lugar una dialéctica entre tres instancias: ruptura del régimen, apertura política y construcción de un puente entre la oposición y los sectores aperturistas de la dictadura. Ahora bien, esa triada es la que no observamos frente a los eventuales procesos de democratización que podrían tener lugar en Cuba, Nicaragua y Venezuela.

Ni en Cuba ni en Nicaragua ha habido, pese a la intensa presión externa, una ruptura visible al interior de los regímenes dictatoriales. No así en el caso de Venezuela donde la presencia de Delcy Rodríguez en el gobierno ha marcado una ruptura profunda y probablemente irreparable con respecto al pasado dictatorial de Maduro.

En los casos de Cuba y Nicaragua se observan posibilidades de concesiones a los EE. UU., pero no una ruptura significante al interior de ambos sistemas de dominación. De ahí que podríamos decir que, de los tres países, el que está más cerca de una transición que lleve de la dictadura a la democracia, es Venezuela. No obstante, como ocurrió en los ejemplos anteriores, falta en Venezuela la fase decisiva, y esta solo puede ser posible mediante la construcción de un puente entre sectores de gobierno y sectores de oposición con el objetivo de generar una transición.

Por cierto, y es natural que así sea, el gobierno de Delcy Rodríguez hará lo posible por mantenerse en el poder, contando con el apoyo de los EE. UU. Con semejante aliado, enlazar con la oposición, o con parte de ella, no es primordial, deben pensar algunos dirigentes del neochavismo. Probablemente aspiran a que, gracias a reformas económicas y sociales, Rodríguez recupere el potencial político que dilapidó Maduro. Por lo menos lo van a intentar. Por lo demás, ¿con cuál oposición sería posible dialogar?

El puente que llevaría eventualmente a la democracia, necesita de sujetos. Uno sería el gobierno de Rodríguez. El otro, de acuerdo a la mayoría que obtuvo el 28-J, sería la oposición liderada por María Corina Machado. Pero el problema es que la oposición encabezada por la mesiánica líder no está interesada en construir un puente con el gobierno en busca de un tránsito hacia la democracia. Todo lo contrario: si en algo está interesada esa oposición es derrotar cuanto antes al gobierno Rodríguez, ya sea por la vía electoral o por cualquier otro medio que no pase por la vía transicional. El proyecto del movimiento de Machado es tumbar el gobierno neochavista, hacer saltar a los puentes por los aires, e iniciar un proceso de transición no dialogado.

Léanse por ejemplo las proclamas que emiten en las redes sociales dirigentes políticos como Juan Pablo Guanipa, Andres Velásquez u Omar González. Son subversivas, insurreccionales, confrontativas. Todo lo contrario a quien busca construir un puente que apresure la transición hacia la democracia. Pues bien, esa oposición extrema que encabeza Machado, es a la vez la que necesita el chavismo para mantenerse en el poder, incluso ante los ojos de Trump. Para esa oposición – “la verdadera” se autodenomina – parece rezar el lema: antes de transitar hay que derrocar. Después impondremos nuestras condiciones.

Para decirlo en términos más directos: En estos momento existe una polarización entre neochavismo y machadismo. Entre esos polos hay un vacío donde perviven restos de una oposición centrista y democrática, los que no logran articularse entre sí. Esa oposición existe, pero solo en estado potencial.

Sin embargo, solo la configuración de una oposición centrista y democrática podría llevar en Venezuela a transitar un puente con el nuevo gobierno chavo-trumpista. Pero por ahora esa posibilidad está bloqueada por fuerzas extremadamente irreconciliables entre sí.

El problema es grave: hasta ahora no ha habido nunca en la historia –ni venezolana, ni latinoamericana, ni mundial- una democratización que haya aparecido como resultado de la polarización política. He ahí el problema.

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FUENTE: >>https://polisfmires.blogspot.com/2026/04/fernando-mires-venezuela-la-transicion.html

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