El tercer milenio de la era cristiana encontró a Venezuela bajo el yugo de la peor plaga política que conoce nuestra historia. En ninguna exageración se cae, si se dice que todavía es difícil saber cuál es la ideología o filosofía que le sirve de fundamento al régimen imperante en nuestro país. Apenas se sospecha que en cada circunstancia del ejercicio gubernamental, también el perfil ideológico es diferente, sin que este casual comportamiento acuse signos de práctica ininterrumpida. El discurso con el que se amanece puede ser sustituido por otro antagónico en horas de la tarde.
Lo que sí es cierto es que la cúpula que ejerce el control de la nación, se desempeña sin escrúpulos desde una plataforma militar con injerencia en todos los asuntos del país. Es obvio que la tutela castrense es el único factor de sustentación del régimen. El seguimiento que algunos analistas han hecho al respecto, conducen a pensar que la expresión gubernamental que más predomina es la que se manifiesta en una diabólica mezcla de militarismo creciente y agudo, asociada a prácticas nazistas y a un enfoque ideológico que raya en el comunismo primitivo. En síntesis, el sistema político es una dictadura que utiliza, con todas las distorsiones que garanticen su permanencia en el poder, algunos recursos propios de la democracia como la dinámica electoral del voto, por ejemplo.
A los efectos de las simulaciones a las que dé lugar su democracia aparente, dicha dictadura creó un parapeto político conocido como “Polo Patriótico”. En tal sentido, mediante un grosero y descarado control social, armaron un supuesto partido político denominado PSUV, el cual, junto a un archipiélago de siglas, sin poder ni militancia, encabeza el ya citado “Polo Patriótico”. Vale señalar que el PSUV actúa como mayordomo, por lo que corresponde a su cúpula tomar las decisiones políticas y gubernamentales, a cuyo efecto invita a las piedras que le sirven de compañía y complicidad.
Cualquiera sea la calificación que merezca el “Polo Patriótico”, se trata de una realidad. Esto supone que para enfrentar a la dictadura hace falta, y con urgencia, un instrumento político idóneo, respetable, que inspire confianza a la sociedad en general. Una herramienta con esas características, bien entendido el principio de inclusión, debería aglutinar en un solo cuerpo a todos los partidos y demás entes sociales democráticos. De antemano, si es plural su constitución, la diversidad de opiniones está garantizada; pero el órgano que resulte de esa alianza, si se pretende que crezca, se fortalezca y cumpla con el propósito de derrotar a la dictadura, conviene que tenga vocería única sobre la base de un discurso emanado del ejercicio colegiado. A ese instrumento de poder político le sale una denominación elocuente: Polo Democrático. Es saludable adelantar que una trinchera de lucha de esa categoría, si la idea es lograr un cambio en perspectiva, se mantenga y se mejore en el tiempo, hasta que haya absoluta seguridad de que el nazicomunismo jamás regresará.
ANTONIO URDANETA AGUIRRE
Educador – Escritor
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