La arbitrariedad y el crimen no tienen color político ni ideología, salvo que hablemos de la ideología del poder. El poder global que está detrás de cada régimen sea democrático o dictatorial ha mutado, actúa como mafia al hacer negocios hasta con la dictadura más cruel por poder y riqueza, pero más puede el anhelo de la humanidad por ser libre.
Todo aquel que concibe el poder como un fin en sí mismo es un dictador. Humberto Maturana en su libro “La democracia es una obra de arte” decía que la dictadura descansa en la obediencia y la sumisión, si el otro ordena y uno obedece la admite; Arnold J. Toynbee en “Elije la vida” nos dice que los seres humanos aceptan dictaduras por apatía, porque les alivia a todos de la agonía de tener que tomar decisiones cruciales, o por algún desastre natural o social, que podrían tolerarse como a veces ocurría en la antigua Roma donde se escogía un dictador para resolver una emergencia; Laureano Vallenilla Lanz justificaba las dictaduras por considerar que los pueblos no estaban educados para la democracia; Pastor Petit en su libro “La Guerra Psicológica en las Dictaduras” hizo un minucioso estudio de las tretas de dictadores como Stalin, Hitler, Mussolini y Franco para hipnotizar a sus sometidos y mantenerlos divididos, en función de eternizarse en el poder.
Todas las dictaduras tienen en común, que son ilegítimas, ilegales, corruptas, violan la libertad y los Derechos Humanos, reprimen y aplican el terror; un discurso cargado de demagogia, mentira y populismo; propaganda machacona, tienen todos los medios a su servicio; veneran al caudillo; o casos como en China donde le rinden culto al autoritarismo.
Análisis particular merecen las dictaduras criminales de Cuba y Venezuela, ninguna se sostendría sin el apoyo de las cúpulas militares. Con su disfraz socialista destruyeron el aparato productico, entregaron la soberanía a potencias aliadas, subsumieron a sus pueblos en el hambre y la pobreza, esclavizaron a los trabajadores, colapsaron los servicios públicos, se amparan en el crimen para criminalizar la decencia y la disidencia, victimarios que se victimizan, su cinismo y sadismo achican a Maquiavelo y a Goebbels.
Al chavismo ya no le sirve haber alterado la historia y la educación, tampoco el uso del bolivarianismo como instrumento de manipulación, ni su discurso patriotero; pero se protegen bajo el manto de la diáspora, la fractura de millones de familias, la mirada de la gente hacia la sobrevivencia y su destreza para convertir oponentes en voceros de sus mentiras a través de los fake news. Aparte que nos peleamos por su disfraz y sus símbolos vacuos. Un dato interesante, Víctor Martín Fiorino en “Símbolo y Comunicación en la Política” (1996), dice que la saturación de símbolos diluye el significado de los términos, “de tanto usurpar significados, las palabras se quedan sin ninguno.” Pero hay algo más grave, la gente asocia discurso y praxis, un régimen que encarna infamia, insulto e inmoralidad, causa aversión a palabras de su repertorio como revolución, soberanía, socialismo, izquierda, o al color rojo, o a las canciones de Alí Primera. Son pequeños detalles que nos desvían. Pero al margen de todas esas tretas, más del 85% de la población los rechaza, desapareció la polarización en la sociedad y contamos con apoyo internacional.
*¿Qué hacer?* Acordar una táctica y estrategia que consolide la unión del país, alimentar la confianza del pueblo en sus fuerzas y estimular sus capacidades organizativas; un discurso apegado a la verdad y una praxis coherente con la ética que execre el sectarismo; pasar a la ofensiva política reconectando al liderazgo con la gente; acumular fuerzas combinando y articulando las luchas sociales y políticas en función de la rebelión; y divulgar el programa para enfrentar la emergencia y la tragedia económico-social, para rescatar la educación y la cultura como antídotos contra el abuso de poder, y para el reacomodo democrático de la sociedad venezolana.
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