Nadie puede negar que en algún momento de la vida haya actuado con mezquindad. Pero de ahí a que la mezquindad se instale en la academia no tiene parangón
@ajmonagas
No es grato hablar de mezquindad. Que un ser humano comprenda cuánto puede empequeñecerse por actuar con mezquindad, posiblemente lo avergüence. Primeramente, ante sí mismo. Luego, podría verse desairado del ámbito que le permitió su crecimiento profesional y desarrollo humano.
No obstante, nadie puede negar que en algún momento de la vida haya actuado con mezquindad. Pero de ahí a que el terreno escogido para poner a prueba esa conducta sea el que se corresponde con la academia-universitaria no tiene parangón. No tiene nombre. Ni razón o sentido.
Universidad y política
La proximidad de eventos universitarios le toma el pulso a la capacidad de participación de miembros de la comunidad académica. Así puede apreciarse la condescendencia de individuos que declaran su voluntad de acción y gestión en funciones de dirección institucional. El espacio universitario constituye el terreno (político) el cual permite se mida tales disposiciones. Es un modo de valorar la pluralidad. Son espacios de pluralidad humana donde descansan valores que arraigan libertades, deberes y derechos propios del homo politicus.
La universidad no podría desprenderse jamás de la política. Más, porque la política es la condición que exalta la pluralidad como manifiesto de la diversidad ideológica. Y la universidad es el ámbito que mejor trasluce ese cometido.
Un “proceso electoral” trasciende por esos mismos avatares dada su condición de ser una “decisión”. Sin embargo, tan particular momento político conduce a vivenciar dificultades. Estas, sumadas a problemas relacionados con los avatares que enfrenta la universidad, dejan al descubierto agudas contrariedades. Todas reveladoras de angustias y aflicciones personales que terminan destapando la mezquindad de muchos.
La mezquindad, una traba al pluralismo político
Estos contextos son particularmente conflictivos por cuanto se enfrentan propuestas no siempre enmarcadas por los valores positivos que caracterizan el ejercicio sano de la política. No siempre son realzados valores que azuzan la tolerancia, el respeto y la humildad como expresiones de solidaridad. La pluralidad luce amenazada.
Ocurren situaciones de pesadumbre y zozobra que descorren las cortinas detrás de las cuales se hallan encubiertas insolvencias de toda especie. Las circunstancias electorales obligan a descubrirlas. Solo que no siempre son entendidas ni atendidas solicitudes representativas de grupos de opinión y de gestión institucional.
De manera que dichos problemas propician animadversiones que protagonizan el entramado emocional que envuelve realidades contrapuestas. Acá, la universidad no alcanza a salvarse de las arremetidas que tales conflictos causan. Y es justo donde las mezquindades comienzan a hacerse notar.
El problema que acá pretende destacarse, está relacionado con la debilidad que azota a la institucionalidad universitaria y a la ética política en su más fatal sentido.
El problema universitario venezolano
En lo que refiere la ley de universidades venezolana, la institucionalidad debería regir la vida universitaria en toda su dimensión. No obstante, su aplicación enfrenta dificultades que comprometen procesos de índole político. De ahí que la universidad, vea muchas veces complicado su discurrir. De modo particular, en momentos en que debe establecer medidas que amparen el concepto de autonomía organizativa, académica, económica, financiera, tanto como de impacto administrativo. Mas, esta última pues toca su sistema nervioso toda vez que dispone elegir y nombrar sus autoridades y planta de representantes ante los ámbitos de gestión.
Y acá, es donde los problemas se han magnificado luego de debilitarse en su organización y conducción. Más, cuando tan crítica realidad ha activado comportamientos que insuflan mezquindades.
Parece que la universidad se ha dejado atrapar por pretensiones que no se corresponden con el sentimiento académico. Así que cualquier invitación a ordenar la universidad, en cualquiera de sus niveles de organización y desarrollo, no debe ser objeto de ruindades motivadas por mezquindades y egoísmos. Aunque sean propias de la naturaleza humana, no así de miembros de la comunidad universitaria por cuanto son referentes sociales positivos.
Esa mezquindad se materializa, sobre todo, en momentos en que por causas de algún proceso de selección (política) o deliberación (universitaria), impide valorar talentos, virtudes o características positivas de quienes pronuncian su voluntad para asumir alguna posición de dirección o gestión. Incluso, para dar cuenta de una opinión, indicativa de alguna verdad funcional.
Es como no querer despojarse de una larga venda ante desperfectos y comportamientos propios. Una venda “que no se vea en la noche, ni un rayo de vida mala…” (Del poema La hilandera, A. E. Blanco). Pero que, a escondidas, se guarde una lupa gigante para ver a hurtadillas y criticar desde algún rincón las faltas y menguas de quienes comparten iguales intereses o necesidades.
Es la mezquindad lo que, en Venezuela, tiene atorada la funcionalidad de la autonomía universitaria. En particular, ocurre cuando la universidad deja ver sus mezquindades.
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FUENTE: >>https://runrun.es/opinion/495639/universidad-y-politica-antonio-jose-monagas/amp/
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