La apuesta por reanimar la producción petrolera en Venezuela avanza sobre un terreno inestable: un sistema eléctrico colapsado, que castiga diariamente al pueblo, y que podría terminar estrangulando la misma recuperación económica que se anuncia con estridencia.
La reciente visita a Caracas del Secretario de Energía de la Administración Trump, Christopher Allen Wright, es una señal inequívoca de que la ruta petrolera va en serio, tanto en términos de inversión como de geopolítica, pero mientras se multiplican las licencias petroleras para las trasnacionales y los discursos fluyen sobre barriles, contratos y alianzas, no hay un solo anuncio concreto, verificable y calendarizado sobre inversiones estructurales en el sistema eléctrico venezolano, esa omisión no es un detalle técnico: es una bomba de tiempo social, que el pueblo venezolano ya ha padecido.
El sistema eléctrico venezolano arrastra al menos quince años de crisis crónica, reconocido incluso por estudios y reportajes que documentan cortes programados en bloques de 2 a 4 horas diarias por zonas, siendo conservador, todos sabemos de zonas que han sido castigadas con meses sin servicio eléctrico, con Caracas como excepción parcial durante varios años, desde la emergencia de 2009-2010, cuando el embalse de Gurí estuvo al borde de niveles críticos y se decretaron racionamientos, multas por consumo y paralización de industrias de alto consumo, la señal estaba clara: el modelo era insostenible y lejos de corregirse, el deterioro se consolidó como política de hecho, sobrecarga de líneas, fallas masivas que han llegado a afectar de forma simultánea a más de la mitad de los estados del país y racionamientos periódicos cada cuatro horas en regiones enteras.
Hoy, buena parte del país vive con apagones diarios, acompañados de fluctuaciones violentas que destruyen neveras, bombas de agua, equipos médicos y electrodomésticos básicos, el resultado no es solo incomodidad, son hospitales que operan con plantas agotadas o inexistentes, sistemas de agua potable que dependen de bombas eléctricas inestables y familias condenadas a perder alimentos por falta de refrigeración confiable.
En paralelo, el régimen chavista/madurista ha quemado millones de dólares en proyectos anunciados de generación termoeléctrica, eólica y solar que no se concretaron o quedaron operando muy por debajo de su capacidad, sin que mediara transparencia ni rendición de cuentas sobre esos recursos, estableciendo pequeñas plantas en las regiones que son cementerios de equipos, en su mayoría gestionados por “supuestos técnicos cubanos”, en todas las regiones hay un desastre gigantesco de corrupción, desde caracas a Cunaviche en Apure, nada se ha salvado.
Antecedentes de un colapso anunciado.
La crisis eléctrica no cayó del cielo ni se explica solo por fenómenos climáticos como El Niño, aunque estos hayan sido usados como coartadas recurrentes, en 2004 se modificó el marco organizativo del sector, avanzando hacia un modelo centralista que culminó en 2007 con la estatización y concentración de las empresas eléctricas bajo un esquema burocrático opaco y altamente politizado, entre 2009 y 2010 se declararon emergencias, se creó un nuevo Ministerio de Energía Eléctrica y se desplegaron campañas de ahorro acompañadas de recortes de hasta cinco horas diarias, topes de consumo y amenazas de sanciones, mientras el propio gobierno saturaba las líneas de transmisión por encima de su capacidad, desbordados por el consumo de las granjas de criptomonedas de los grandes enchufados del regimen.
En 2016, el racionamiento de cuatro horas diarias por 40 días o el tiempo necesario, se oficializó para todo el país, según mientras se culpaba de nuevo al clima, sin embargo, ya desde 2009 consultoras y organizaciones alertaban sobre la falta de mantenimiento, la corrupción en las contrataciones de nuevas plantas y la ausencia de ampliación de la capacidad instalada para acompañar el crecimiento de la demanda.
La visita de Chris Wright y la gran contradicción.
Christopher Allen Wright, empresario del sector de servicios petroleros y hoy Secretario de Energía de Estados Unidos, es un defensor declarado del incremento de la producción de combustibles fósiles y de la eliminación de trabajos regulatorios, su llegada a Venezuela, ya como jefe del Departamento de Energía, se interpreta como un gesto fuerte de la Administración Trump para reinsertar al país en el mapa energético global como proveedor de crudo, gas y derivados, nadie en su sano juicio puede negar que Venezuela necesita recuperar su industria petrolera para obtener ingresos, estabilizar la economía y financiar servicios básicos; el asunto es cómo se pretende hacer.
La industria petrolera moderna es brutalmente electro intensiva: pozos, inyección, compresión, estaciones de bombeo, mejoradores, refinerías y petroquímicas dependen de un suministro eléctrico estable, de alta capacidad y bien gestionado, si se acelera la producción sin un programa paralelo robusto de inversión en generación y redes, el sistema eléctrico, ya al límite, será forzado aún más, trayendo como consecuencia o bien apagones más extendidos en zonas residenciales y productivas, o bien fallas catastróficas que detengan la misma producción que se busca incrementar, ninguna explotación petrolera sostenible puede florecer sobre un sistema eléctrico arruinado.
En el marco de las fases de la transición que se presenta como ordenada, negociada y gradual, el discurso oficial parece sugerir que primero debe estabilizarse la economía, es decir, la caja petrolera y luego vendrán las soluciones políticas y sociales, esa lógica, heredera del rentismo más clásico, desconoce una verdad elemental: no habrá estabilidad económica sin electricidad confiable, y sin estabilidad económica y servicios básicos, no habrá paz social ni transición democrática creíble, se podrá hablar de barriles y se negociaran acuerdos, pero el venezolano de a pie seguirá bañándose con tobos porque no hay agua cuando se va la luz, perdiendo medicinas elementales refrigeradas por los apagones, entre otros ejemplos.
La crisis eléctrica no es solo un tema de ingenieros, es un problema de derechos humanos: derecho a la salud, al agua, a la educación, al trabajo, a una vida digna, un país sometido a cortes diarios, sin información clara, con planes de administración de carga diseñados sin participación ciudadana y usados incluso como mecanismo de control político y castigo territorial, sigue siendo un país rehén de la oscuridad.
El chavismo-madurismo, convirtió el sistema eléctrico de referencia regional en una estructura corroída por la corrupción, la improvisación y el clientelismo, cualquier acuerdo energético responsable debe incluir metas claras de inversión, modernización y transparencia en el sistema eléctrico nacional.
Esta preocupacion que hay que dirigirla, de frente, a Christopher Wright, a la Administración Trump, y a las autoridades interinas.
La transición venezolana no se medirá solo en elecciones o en acuerdos, sino en algo mucho contundente: si el pueblo obtiene libertades plenas, libertad de sus presos políticos, cese del Estado de excepción que persigue y amedrenta a la población y además de eso, se puede encender la luz, abrir el grifo y llevar a su familia a un hospital que funcione, mientras eso no sucede, todo lo demás será sombras y expectativas no resueltas.
@jufraga12
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FUENTE: >>https://www.analitica.com/opinion/crisis-electrica-venezuela-se-apaga-mientras-se-impulsa-la-produccion-de-petroleo/
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