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martes, febrero 17, 2026

El “laberinto” de la legitimidad (política)

Antonio José Monagas.

Revisar el problema de la legitimidad desde la perspectiva del contexto político, obliga a retomar, obligatoriamente, a Max Weber toda vez que la correspondiente lectura la concibe como una garantía del lazo social que se establece entre el poder político y la población gobernada. 

En “Economía y Sociedad”, obra publicada por el Fondo de Cultura Económica, México, Weber argumentó que la legitimidad es fundamental en el ejercicio del poder pues convierte el poder puro en autoridad estable. De esa manera, las personas tienden a creer en la legitimidad de quienes las gobiernan, razón por la cual obedecen de forma voluntaria. Por tanto, buscan organizarse como sistemas sociales los cuales resultan actuar de forma eficaz. 

¿Por qué es un concepto político?

Estas consideraciones apuntan a asentir que “legitimidad” es un concepto político razón por la cual debería revisarse con el auxilio de la Teoría Política. Más, toda vez que la pauta como “(…) la aceptación y reconocimiento del derecho a gobernar por parte de los ciudadanos al convertir el poder en autoridad sin necesidad de aplicar criterios de coerción constante” (Molina, Ignacio: Conceptos fundamentales de Ciencia Política, Alianza Editorial)

Es así como para la Teoría Política, la “legitimidad” es un concepto relativo al derecho de una autoridad dispuesta a gobernar las acciones de una sociedad. En consecuencia, el concepto de “legitimidad” ha animado el debate politológico necesario para que su estudio haya podido incitar algunas teorías de la legitimidad dirigidas a examinar cómo las realidades la abren espacios a nuevos patrones de comportamiento, creencias y estructuras han integrado un marco cultural más amplio.  

Sin embargo, en el ejercicio de la política, el concepto de legitimidad no siempre ha sido debidamente interpretado. Max Weber adujo que “la base de todo sistema de autoridad y correspondientemente de todo tipo de voluntad de obedecer, es una creencia” (Ob. Cit.) De ello pareciera aferrarse Norberto Bobbio para referir que:

(…) un Estado será más o menos legítimo, en la medida en que realice el valor de un consenso manifestado libremente por parte de una comunidad de hombres autónomos y conscientes. O sea, en la medida en que se acerque a la idea límite de la eliminación del poder y de la ideología de las relaciones sociales. (En: Diccionario de Política. Siglo XXI Editores) 

Legitimidad y legalidad

Si bien la legitimidad y la legalidad son conceptos propios de la Teoría Política, no podría dudarse que ambas causalidades tienen un contexto de aplicación bastante amplio. Incluso, consideraciones que se solapan dada la racionalidad jurídico-política que caracteriza sus incursiones en cada situación que aborden. Es así que se habla de la legalidad como principio mientras que la legitimidad se tiene como condición por cuanto adquiere razón cuando, en su relación con la legalidad, se advierte la situación en la que la legitimidad la condiciona el origen del poder, tanto como el ejercicio de poder. 

No obstante, tan curtidos conceptos han provocado crudas discusiones que hacen ver la comparación entre “legitimidad y legalidad” en medio de un crítico juego dialéctico. En el mismo, se entretejen hilos discursivos que permiten dar cuenta que, sin legitimidad, las realidades se convierten en “espacios de fuerza”, preferidos para conflictos políticos, sociales, culturales, administrativos, gerenciales, económicos y organizacionales. Es cuando tales realidades son abonadas por la autocracia o por cruentos autoritarismos. A pesar de la legalidad que arropa la situación en cuestión. Situación esta aprovechada por gobernantes obtusos quienes tienden a emplear la fuerza o la coerción para mantener el control político en juego. 

Ello hace que cualquier situación en curso se vea atiborrada de cuanta medida política propenda a imponer alguna determinación de gobierno o conducción. Indistintamente de tornarse cruda, costosa e inestable. Es lo que aviva a las comunidades a volverse sensibles y reactivas. 

En lo específico 

No hay duda pues que la legalidad es una cuestión de poder, no de justicia. En cambio, la legitimidad es una potestad que fija el ejercicio de gobierno. Siempre y cuando se asiente sobre la condescendencia política que le infunde el apoyo o consenso demostrado.

En lo específico, el desacuerdo funcional que se da en la vinculación jurídico política: legalidad-legitimidad, constituye el problema que hace emerger la acusada necesidad de gobernar en modo “sobrevivencia”. Es decir, exento del consenso imprescindible por parte de la sociedad plegándose al autoritarismo o tiranía como praxis de gobierno. Es el caso del poder ejercido sin legalidad suficiente, apartado de la exacta justicia, desarraigado del Estado de Derecho que provee la legitimidad. 

Es distinto alegar “legalidad” basándose en cuanta narrativa luzca convincente por la cualidad del bullicio que lanza la palabra librada con arrogancia, represión y soberbia, que validar legitimidad con argumentos válidos y construidos a “la luz del sol”. En otras palabras. Es la situación que deriva de la aceptación y reconocimiento del derecho a gobernar por parte de la ciudadanía ejercida a conciencia de las situaciones a ser vividas. O sea, es convertir el poder en autoridad sin la coerción como “factor de enganche”. Una medida no siempre es justificada por el simple hecho de mostrarse cual figurativa ley. Debe ser ley cuando se demuestre justa, imparcial y equilibrada. 

Consideraciones que trascienden lo ocasional, destacan que la legalidad sin legitimidad, es tiranía puesto que la verdadera autoridad proviene de la justicia, la libertad y del debido derecho humano a accionar el ideario propio. Lo cual tiende a no tener valor alguno, cuando se ignora la voluntad popular. 

Lo contrario, sería asirse al poder sin contar con la base de apoyo comunitario. Aunque sí, por la vía de la fuerza

En conclusión 

Ninguna situación política, deberá experimentar con modelos que busquen erosionar la legitimidad con el objetivo de usurpar el poder. Podría decirse que revisar la situación política donde la legitimidad funja de actor principal, es caer en el dilema de si el problema es el remedo de una paradoja o de una contradicción. Particularmente, así pudiera inferirse dado que, si en el mundo de las verdades políticas existiese un gobierno que sobreviva en ausencia del consenso necesario que provee la legitimidad necesaria y suficiente para afianzar su mandato, en medio de una realidad que resiste sin poder, es la copia exacta de una cruda paradoja. Por donde se analice. 

Asimismo, pudiera encarnar el valiente cuadro de una virtuosa contradicción, aunque su representación pueda verse confusa o amorfa. Refirió Michel Foucault que “el poder debe ser siempre lícito y legítimo para que sea acatado”. Pensamiento este que avala el hecho de haber intitulado la presente disertación: el “laberinto” de la legitimidad (política).

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FUENTE: >>https://www.analitica.com/opinion/el-laberinto-de-la-legitimidad-politica/

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