La relación entre José Martí y Máximo Gómez Báez demuestra que la libertad de Cuba fue, desde el inicio, un proyecto americano.
Se conocieron en 1884, en Nueva York.
Martí tenía 31 años. Gómez, veterano de la Guerra de los Diez Años, tenía 48.
Uno era el pensador político que organizaba la emigración y soñaba una república civil.
El otro era el estratega militar más experimentado del independentismo.
Desde el primer encuentro hubo respeto… pero también diferencias.
Martí temía que una guerra sin estructura política terminara en caudillismo.
No quería cambiar un imperio por una dictadura militar.
En 1884 incluso se distanciaron.
Martí prefirió apartarse antes que comprometer el ideal republicano que defendía.
Ese momento es clave: no era desconfianza personal.
Era responsabilidad histórica.
Pasaron los años.
Y Martí comprendió algo fundamental: sin la experiencia militar de Gómez, la guerra no tendría dirección estratégica real.
En 1892 funda el Partido Revolucionario Cubano y vuelve a buscarlo.
Esta vez no como una relación improvisada, sino como una alianza madura.
Gómez aceptó.
No por ambición.
No por poder.
Sino por convicción.
Un dominicano aceptando dirigir el ejército libertador de Cuba.
Eso, por sí solo, es una declaración continental.
En 1895 desembarcan juntos por Playitas de Cajobabo.
La Guerra Necesaria comienza.
Martí confiaba en la honradez y austeridad de Gómez.
Lo consideraba incorruptible.
Gómez veía en Martí al organizador indispensable, al alma moral del movimiento.
No eran idénticos.
No pensaban igual en todo.
Pero se complementaban.
Martí aportaba la visión republicana.
Gómez aportaba la estrategia militar.
Y entonces ocurre la tragedia:
19 de mayo de 1895, Martí cae en Dos Ríos.
Habían compartido físicamente poco tiempo en campaña.
Pero políticamente habían construido el proyecto más sólido de la independencia.
Después de su muerte, Gómez no intentó proclamarse caudillo ni dictador.
Continuó la guerra respetando el ideal republicano martiano.
Eso confirma algo profundo:
Martí no se equivocó al confiar en él.
Y aquí viene lo verdaderamente grande.
Máximo Gómez no nació en Cuba.
Nació en República Dominicana.
Sin embargo, dirigió el ejército libertador cubano con total entrega.
Martí no veía la patria como un límite geográfico.
La veía como una causa moral.
La libertad de Cuba era parte de la libertad de América.
En una época donde los imperios repartían territorios,
un cubano y un dominicano demostraban que la unidad latinoamericana no era discurso… era acción.
La patria no es solo donde naces.
Es donde decides comprometer tu honor.
Martí fue la palabra que organizó.
Gómez fue la espada que ejecutó.
Uno pensó la República.
El otro hizo posible que naciera.
Los ideales martianos no se quedaron en una isla.
Caminaron Nueva York, el Caribe, Centroamérica.
Inspiraron más allá de fronteras.
Porque las ideas verdaderamente grandes
no caben en un país.
Ni en una época.
Y la alianza entre Martí y Gómez sigue recordándonos que la libertad no es un proyecto individual…
es una responsabilidad continental.
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