La política venezolana ha dado un giro cinematográfico.
En apenas dos meses, el país pasó del estancamiento a una velocidad vertiginosa que culminó con un abrazo televisado en el Congreso de los Estados Unidos: el de Enrique Márquez con su familia.
Pero más allá de lo emotivo, ese abrazo sella un pacto político silencioso pero potente.
Márquez no es el líder de las barricadas, ni el de los discursos incendiarios.
Su fuerza reside en su atípica moderación. En un país fracturado, él ha sabido ser el "hombre del medio".
Su paso por el CNE le dio las herramientas para entender las debilidades del sistema, y su injusto paso por prisión le dio la cicatriz necesaria para ser respetado por la oposición que antes lo veía con recelo.
Hoy, la comunidad internacional —desde el Washington de Trump hasta la Brasilia de Lula—
parece haber encontrado en él al interlocutor ideal.¿Por qué? Porque Márquez ofrece lo que todos anhelan: previsibilidad. Para los militares, ofrece una salida sin cadalsos; para los inversionistas, un plan petrolero serio; y para el ciudadano común, la promesa de una normalidad que se siente perdida.
La transición venezolana no se jugará solo en la salida de los viejos actores, sino en la capacidad de los nuevos de no repetir los errores del pasado.
Enrique Márquez tiene ante sí el reto de su vida: demostrar que el centro político no es un lugar de debilidad, sino el único cimiento sobre el cual se puede reconstruir una nación.
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