Doblete geológico y político: fallas rotas, estructuras vencidas y un mismo reacomodo.
Dos amigos de infancia, geólogos ambos, Maribel Muñoz y Ovidio Salazar, vía online, ella desde Ciudad Guayana, él desde México, hicieron su mejor esfuerzo por explicarme en lenguaje llano y sencillo el fenómeno telúrico ocurrido este miércoles 24 de junio de 2026.
Lo primero que hicieron, como expertos en la materia y conocedores de la fe, pues son buenos católicos, fue desvirtuar la tendencia de opinión mediante la cual se culpaba a San Juan Bautista de ese fenómeno. Asimismo, dejaron claro que no se trató de un evento inducido por el hombre o tecnologías extrañas.
Quedó claro que la tierra, mejor dicho, Venezuela, se movió no una, sino dos veces consecutivas en un fenómeno extremadamente raro y peligroso conocido como sismo doblete, con dos temblores de magnitudes casi idénticas que golpearon con gran fuerza al país, debido a la activación encadenada de fallas conectadas.
Las placas del Caribe y la Sudamericana se deslizaron en un roce lateral violento que fracturó el sistema de San Sebastián y El Pilar. Ovidio explicó que la placa oceánica, más pesada, empujó con una fuerza bruta a la granítica continental en un proceso de “subducción”, deslizamiento, hundimiento o descenso que se trabó por décadas. Al ceder, liberó la energía equivalente a mil megatones, disparando sismos de 7.2 y 7.5 Mw casi al unísono.
La tensión acumulada desde hace más de un siglo en este borde transformante ya estaba en un periodo de retorno vencido. Científicamente se sabía que el sistema tectónico estaba al límite, pero la falta de precisión sobre el día exacto nos mantuvo como en modo desprevenido. Al activarse la ruptura secuencial, el primer evento transfirió el esfuerzo estático residual, gatillando o accionando el segundo foco en apenas segundos.
Fue un despliegue de física pura: las ondas superficiales Love (L) y Rayleigh (R) se propagaron con una eficacia destructora debido a la escasa profundidad de apenas diez kilómetros. La aceleración del terreno alcanzó intensidades violentas que pulverizaron estructuras que no estaban diseñadas para este tipo de latigazos geológicos. Es un recordatorio de que la naturaleza no perdona los plazos olvidados.
Otra cosa que quedó clara, gracias a mis amigos Maribel y Ovidio, es que se trató de un reacomodo de la tierra. Pero mientras ellos hablaban de fallas y basamentos cristalinos, yo no podía dejar de pensar en las analogías que nos escupe la realidad nacional.
Este terremoto, con sus consecuencias calamitosas y sus escombros, es el espejo exacto de lo ocurrido el tres de enero de este año, cuando la extracción de Nicolás Maduro de nuestro territorio generó un movimiento telúrico en el plano político que todavía nos tiene tambaleantes.
Si las placas del Caribe y la Sudamericana chocaron para liberar una presión insoportable, la sociedad venezolana hizo lo propio al verse liberada de una estructura que se había “trabado” por veinticinco años. El sismo de enero fue político, pero sus réplicas han sido igual de profundas y rápidas. Al igual que en la geología, cuando un sistema está vencido, el reacomodo es inevitable y suele ser traumático.
Estamos viviendo una ruptura secuencial de los cimientos de una forma de hacer política que hoy se encuentra en sus estertores, aunque sus protagonistas, sordos al ruido del subsuelo, se empeñen en ignorarlo.
La analogía es casi perfecta: edificios de gran altura que colapsan porque sus bases eran de barro, al igual que instituciones que hoy se desmoronan porque su legitimidad estaba sostenida por el miedo y no por la ley. El sistema tectónico del poder en Venezuela cambió su eje y sigue generando movimientos abruptos, porque aun no encaja en el otro que, por cierto, se nos presenta en un contexto de irresoluciones.
Lo que estamos presenciando es el desplome de una arquitectura de control que se creía eterna, pero que, como toda falla activa, acumuló una tensión social que terminó por reventar los pernos de la gobernabilidad. El polvo que hoy cubre a Caracas no solo es de cemento y cal, es el residuo de una era que se resiste a aceptar que su tiempo geológico terminó.
No le echen la culpa al bueno de San Juan Bautista. Por más tambores que hayan sonado en su honor en los rincones de Curiepe o Naiguatá, por más que se haya repetido con fervor la frase “San Juan se lo piden, San Juan se lo da”, este santo no nos iba a mandar esta calamidad. No es su estilo. El bautista anuncia, pero no destruye por capricho.
La verdadera destrucción, la que duele más que una grieta en la pared, es la que han sembrado quienes siguen gobernando el país bajo la sombra de la inercia, ignorando que el suelo ya no es el mismo. Por eso, el mayor daño no es el que registra el sismógrafo, sino el que deja la desidia.
Venezuela está en pleno reacomodo. Es un proceso feroz, dinámico y, a ratos, aterrador. Pero es la única forma de liberar la energía de un país que no aguantaba un centímetro más de presión.
No busquen culpables en el cielo por lo que la geología, y la política, ya tenían decretado. Estemos prevenidos, porque las réplicas, en ambos planos, apenas comienzan. Fuerza, Venezuela, que de los escombros también se aprende a reconstruir, siempre y cuando seamos capaces de reconocer que el viejo mapa ya no sirve para navegar la nueva tierra que nos toca pisar.
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FUENTE: >>José Luis Centeno S
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