La independencia de 1811 no fue un adorno histórico. Fue un acto de ruptura con un poder que no representaba a la nación. Ese sentido original se ha deformado con el tiempo, porque hoy muchos hablan de patria mientras destruyen las condiciones mínimas para que exista una república funcional: separación de poderes, alternancia, voto confiable, libertad política y respeto a la ley. Sin eso, la palabra independencia se vuelve propaganda.
Una conmemoración incómoda
La fecha obliga a una pregunta incómoda: ¿de qué sirve celebrar la independencia si el país no logra ejercer plenamente su voluntad política? Un Estado que no tolera contrapesos, que debilita la confianza pública y que convierte el conflicto en rutina, vacía de contenido cualquier acto oficial. La independencia no se
defiende con desfiles; se defiende con instituciones que respondan a la nación y no a intereses cerrados.Por eso este 5 de julio no puede ser leído solo como memoria histórica. Es también un espejo. Y ese espejo devuelve una imagen dura: un país cansado, dividido y con una crisis política que ya no se resuelve con consignas, sino con decisiones.
La salida no es la imposición
La situación actual no admite triunfalismos. Tampoco admite fantasías de solución inmediata. La salida real pasa por una negociación seria, con garantías verificables, cronograma claro y presión suficiente para que los acuerdos no sean papel mojado. No hay atajo mágico. La imposición solo prolonga el conflicto; el diálogo sin consecuencias lo vuelve farsa.
Hace falta una ruta que incluya liberación de detenidos por razones políticas, restitución de derechos, competencia electoral real y observación confiable. También hace falta reconocer que ningún país se reconstruye desde la exclusión permanente. Quien quiera estabilidad de verdad tiene que aceptar reglas que limiten el abuso y abran el juego político.
Independencia como tarea pendiente
La gran tragedia venezolana es que la independencia sigue inconclusa en el plano ciudadano. Se logró hace más de dos siglos en el papel, pero hoy sigue pendiente en la vida diaria de millones de personas. Un pueblo no es libre cuando no puede decidir, organizarse, exigir ni confiar en sus instituciones.
Por eso el 5 de julio no debería ser un día para decorar el calendario. Debería ser una jornada de exigencia nacional. Si la independencia significó romper con una dominación externa, hoy el reto es romper con todo sistema que impida al país gobernarse con dignidad, equilibrio y verdad. Esa es la conversación que Venezuela le debe a su historia.
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