*_“La educación forma al hombre moral, y para formar un legislador se necesita ciertamente de educación, en una escuela de moral de justicia y de leyes...”_ Simón Bolívar*
Cuando uno busca la palabra sapeo en el argot delincuencial, esa jerga que algunos usan para hablar sin que los demás, incluida la policía o las víctimas, entiendan, encuentra varias acepciones: delatar, acusar, espiar o chismear. Depende del código de cada quien. Viene de sapear y, al final, de sapo: el que habla de más o anda pendiente de lo ajeno. Precisamente, hoy señalan a Alex Saab y dicen que está sapeando a políticos venezolanos y latinoamericanos al servicio del chavismo. Pero la historia de este sapo viene de mucho antes. Desde que empezó negocios con el régimen, Saab fue acumulando un rosario de actuaciones al margen de la ley y construyendo ese perfil oscuro que lo acompaña.
Llega un momento en que la conciencia traiciona a cualquiera: ya no se puede esconder el origen ni sostener la máscara. De pronto, uno queda al desnudo ante la opinión pública. Y el sapo, como dice la calle, termina siendo el sapo de siempre, en una vida accidentada y perrísima. Pues bien, ese Alex Saab no aguantó más. Hoy todo el mundo lo señala con el dedo, lo desprecia, escupe a su paso y le espeta lo perverso que ha sido en la función política que le tocó desempeñar. Su declaración de culpabilidad ante un tribunal de Estados Unidos ha despertado un enorme interés y tiene varias aristas que ayudan a entender la situación política y social de Venezuela. Veamos qué podría significar para Nicolás Maduro y Cilia Flores. Claro, sin olvidar las implicaciones para otros, especialmente para aquellos alacranizados, como el yaracuyano Luis Parra, hoy día de muy bajo perfil y en una venta frenética de animales que seguramente compró con dinero que le dio el paisano de Shakira.
Entremos en materia. Saab fue detenido en junio de 2020 y extraditado a Estados Unidos en octubre de 2021. Al declararse culpable, admitió haber participado en un esquema de lavado de dinero y corrupción que facilitó la malversación de millones de dólares provenientes del programa CLAP, creado para aliviar la crisis alimentaria venezolana. Pero ese programa pronto estuvo bajo sospecha: señalado como un mecanismo de control político y de distribución de alimentos mediante un sistema corrupto. Y nadie mejor para estar frente a ese sistema que Saab, cuyas andanzas y tropelías vienen de sus años mozos. La senadora Piedad Córdoba lo presentó a Chávez como hombre clave para los negocios. Así fue construyendo poder junto con su esposa, sus hermanos, dirigentes y empresarios oportunistas de su misma calaña: choros y mercenarios. Durante tres largos e interminables años se dedicó al pillaje de los dineros del erario venezolano, hasta que la revolución lo llevó a un ministerio.
Concretamente, a Saab lo acusan de haber lavado más de 350 millones de dólares a través de una red de empresas en el extranjero y de participar en un esquema de sobreprecios para comprar alimentos y suministros. También fue un operador clave del gobierno de Maduro: lo ayudó a esquivar sanciones y a conseguir recursos esenciales en el exterior. Por su declaración de culpabilidad, Saab podría enfrentar una condena de más de veinte años, aunque se espera que coopere con las autoridades para reducirla. Esa colaboración podría abrir nuevas investigaciones y llevar a otros arrestos dentro del círculo íntimo del gobierno.
La condena podría ser un golpe directo a un Maduro abandonado a su suerte y, también, a Cilia, que se empeña en esgrimir estrategias procesales y recursos que, por lo menos en Venezuela, las han desprovisto de toda eficacia. Si coopera con la justicia estadounidense, como lo estaría haciendo, algo propio de su condición de sapo, pronto saldría a la luz un esquema de corrupción más amplio, con otros nombres y detalles. Y eso, como es fácil imaginar, complicaría todavía más las relaciones de Venezuela con los países que han apoyado al gobierno y han buscado sortear las sanciones de Estados Unidos. La implicación de funcionarios cercanos a Maduro también puede generar más presión internacional.
En Venezuela, Saab es visto como símbolo de la corrupción que ha llevado a la crisis humanitaria. Su condena podría animar a la oposición y fortalecer las exigencias ciudadanas de justicia y rendición de cuentas. Pero este delincuente también es un sapo: no protegió a sus camaradas y afectó directamente a Nicolás Maduro. Su vínculo con las operaciones financieras del gobierno hace que la condena y una posible cooperación con las autoridades estadounidenses puedan exponer la malversación de fondos y otros delitos que involucran a Maduro y a su administración, que incluye a Delcy Eloina. Con más presión internacional y menos apoyo, la legitimidad, mejor dicho, el tutelaje (por no decir, sumisión) de la mandataria interina podría verse comprometida. Si su gobierno queda asociado a un esquema más amplio de corrupción, la crisis política podría agravarse todavía más.
A todo evento, la declaración de culpabilidad de Alex Saab tiene profundas implicaciones legales y políticas. A medida que avance el caso, puede abrir la puerta a nuevas investigaciones y al enjuiciamiento de otros miembros del régimen de Maduro, con efectos en la gobernabilidad de Venezuela y sus relaciones internacionales. Nicolás Maduro y Cilia Flores se enfrentan a la posibilidad de quedar más comprometidos, en relación a una crisis humanitaria y política que va mucho más allá de los tribunales. Es un punto de inflexión en la lucha contra la corrupción en Venezuela y podría alterar las dinámicas políticas y económicas, dentro y fuera del país. Mientras el caso avance, seguramente surgirán nuevos episodios.
A final de cuentas, se le derritió la máscara al sapo de Alex Saab, el más malandro político que haya parido la V República. ¿Qué te parece, mi hermano? La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ay, Dios...
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FUENTE: >>Robert Alvarado
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