Adiós a las armas es el título de una excelente novela del escritor norteamericano Ernest Hemingway. Se trata de un clamor contra la guerra, contra todas ellas, con la particularidad de que emana de los propios combatientes, desde la alta oficialidad hasta los rasos, desde los generales de división hasta los conductores de las ambulancias militares, blancos atractivos de bombardeos y de fusiles y ametralladoras porque transportan racimos de enemigos heridos e indefensos. La carnicería es tan grande, la destrucción implacable de todo lo que se tuvo por bello, admirable o bueno mina cualquier esperanza de recuperar nada, ni bosques ni ciudades, ni deseo de vencer. La guerra ya terminó, repiten los que necesitan creerlo. ¿Y quién ganó, nosotros o ellos? Todos perdieron, no hay ganadores ni puede haberlos. Sé que habla y puede equivocarse el desolado escritor, pero el impacto de su amargura suena tan veraz que, escrita en 1929, la obra sigue sosteniendo la emoción de los lectores más de noventa años después.
Esa frase, adiós a las armas, aparte del tìtulo, no aparece como tal en el texto, nadie la pronuncia y sin embargo se desliza en las crecientes deserciones, en la conversación sobre la próxima comida, si es que se podrá comer, en las noticias de los entrañables amigos que no regresaron de la última operación, en la sangre cubriendo la plenitud de los espacios. Y por sobre todo, en las desgracias multiplicadas de la retirada. Algo parecido pero de mucha mayor escala a la fuga de los caraqueños hacia Oriente perseguidos por el salvaje asturiano José Tomás Boves. En su afán de entregar ciudad y mantuanaje al fuego y la aniquilaciòn, Boves y Morales estaban dispuestos a repetir y superar el horror y la humillaciòn que prodigaron a los valencianos.
En la contienda de Hemingway todo se va extinguiendo, secando, languidecen hasta las habituales quejas contra los líderes a quienes les cargan las culpas de lo que ocurra, incluso antes que ocurra o aún si no ocurren.
En cambio los venezolanos, que en los años de la violencia dejábamos la suerte de la lucha política al azar de los fusiles, no vivimos nada ni remotamente parecido al horror de los retazos de la Primera Guerra Mundial, descritos por la contienda que llegó para no irse hasta trizar el último de los escombros. Descubrimos, sin embargo, el significado de meter a nuestro propio país en las fauces de una desoladora guerra, que afortunadamente no se prolongó más de la cuenta. Ver sucumbir a compatriotas, amigos o conocidos, y todo para satisfacer ideologías que terminaron más vacías que la sesera de sus autores.
No es que los extravíos de la realidad no puedan hacer estallar focos bélicos, capaces de expandirse. Se ha jugado tan irresponsablemente con amenazas guerreras y con grupos paramilitares tentados a repartirse nuestro demolido país. No es lìcito descartar nada pero la insustentabilidad de las estrategias altisonantes se ha hecho evidente. Lo que cuesta entender es la fantasía de las invasiones solidarias sin comprender que no se les pueda exigir a los amigos de la comunidad internacional que también pongan los muertos en la imaginaria invasión. Han demostrado una y otra vez su simpatía por el cambio democrático en Venezuela y han reconocido a la Asamblea Nacional y el interinato de de Juan Guaidó.
Debo dejar claro a quienes puedan sustentar todavía algo parecido a lo que muchos defendimos disparatadamente aunque con honor y valor en las décadas de 1960 y 70, que nuestro llamado a la unidad no los excluye en modo alguno.La unidad somos todos y los que vengan. Nadie puede pretender reservarse el derecho de admisiòn. Para alcanzar el rango de histórica e impulsar el profundo cambio que espera el país, la unidad no puede estancarse, no, ni construirse a expensas de medio país. Debe crecer con el movimiento, sin confundir justicia con venganza ni consagrarse a desahogar odios.
Para Vengadores supongo que bastarían el caballero Steed y la señora Emma Peel, quienes vencían a los bellacos valiéndose de un paraguas y unos pasos elegantes que parecen propios de una danza. No necesitan de usar armas de fuego ni intoxicar el ambiente con gratuitos corona-insultos o corona-descalificaciones.
Y a propósito, caballero Steed, todavìa estamos a la espera de su respuesta a la pregunta que hace tiempo le dirigió nuestro gran humorista Anìbal Nazoa: ¿usted y la señora Peel…?
Los componentes de la unidad crecen a la vista. Diseñada sobre un programa de transición o de emergencia suficientemente repetido y con la intención de poner en manos del elector soberano la decisión acerca del gobierno que habrá de reconstruir la trizada Venezuela y devolver la libertad y prosperidad a los atormentados compatriotas nuestros. Que la felicidad y seguridad de todos dependan del respeto a los derechos de la persona, dijo el filósofo de la Ilustración, Benjamín Constant, quien quizá fuera uno de los personajes más influyentes en el pensamiento de Simón Bolívar, según el profesor emérito de la Universidad del Zulia, Hermann Petzold-Pernía. Sobre todo al tema de los límites que los derechos individuales le imponen al Poder del Estado. Por eso, dispara el profesor Petzold, no hay poder ilimitado sobre la superficie terrestre. Ni siquiera el del pueblo. Los derechos humanos impiden a las autoridades decretar la licitud de lo que por naturaleza es ilícito. Ni el poder popular, ni el de Monarcas y emperadores. Tampoco la aclamación de la inexistente democracia directa, vociferada en la plaza pública, puede practicar detenciones arbitrarias, dictar penas sin someter al acusado a juicio conforme a lo dispuesto en leyes previas. Ni todas las autoridades juntas pueden imponer la pena de muerte o la legalidad de las torturas o la abolición de la propiedad y de su disfrute. El gobierno democrático es el gobierno de la ley aplicado por seres humanos, y la ley es dura y con frecuencia difícil de aplicar, pero, vamos, es la ley.
FUENTE: R/S/W
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