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viernes, octubre 23, 2020

Cómo García Luna pasó de la pobreza a ser el señor de la muerte

El exsecretario de Seguridad Pública mexicano, Genaro García Luna, en una fotografía del 2 de junio de 2011. (AP Photo/Alexandre Meneghini, File)

Francisco Cruz es periodista. Su libro más reciente es ‘García Luna, el señor de la muerte’.

Repasar la vida de Genaro García Luna —exsecretario de Seguridad Pública en México y hoy enjuiciado en Estados Unidos por presuntas ligas con el narcotráfico— es entrar a un relato digno de una novela negra o un cuento de terror. Es una historia de la que se sabe poco, pero que muestra la profunda e interminable descomposición de la política mexicana.

García Luna, como policía, caminó en dos planos paralelos: la superstición y la brutalidad. Algunos de sus sobrenombres reflejan su origen: “Chango”, “Tartamudo”, “Güero de Michoacán”, “Metralla”, “Diablo Azul” y “Policía del presidente”. Emergió de un barrio pobre de Ciudad de México, donde trabajaba como informante de policías judiciales, para elevarse como uno de los personajes más poderosos de los gobiernos que encabezó el Partido Acción Nacional: fue secretario de Seguridad Pública en el gobierno del expresidente Felipe Calderón y, antes, jefe de la Agencia Federal de Investigación en la administración de Vicente Fox.

Los policías por quienes fue reclutado desde muy pequeño trazarían su destino al apadrinarlo y posteriormente encumbrarlo en posiciones estratégicas de la seguridad nacional, como lo señalo en el libro García Luna, el señor de la muerte. Eso lo llevó a convertirse en el segundo hombre más poderoso del país en el sexenio de Calderón. Bajo su mando se tomaron y ejecutaron decisiones catastróficas para la paz social: la “guerra contra el narcotráfico” en esa administración dejó más de 121,000 homicidios.

García Luna se movió entre el esoterismo y la santería, y era devoto de la Santa Muerte, un santo popular al que veneran también muchos delincuentes. Dirigió áreas de inteligencia y contraterrorismo en el gobierno priista de Ernesto Zedillo (1994-2000), pero mucho de su vida personal es un misterio: logró esconder todos los pasajes torcidos de su vida anterior a 1989.

Se las arregló para ocultar quién era, quiénes estaban detrás de él y cómo había llegado a insertarse en las altas esferas de la vida pública hasta convertirse en el poder atrás del trono, quien entregaría —así lo señalan las acusaciones en Estados Unidos y México— el país a grupos del crimen organizado mediante una intrincada y oscura telaraña de traiciones y complicidades.

La policía de García Luna inyectó miedo por medio del asesinato, la desaparición, la tortura habitual, la fabricación de pruebas y el chantaje. Puso en marcha una campaña permanente para criminalizar a la sociedad, naturalizó y legitimó la represión, judicializó la política y dio libertad para que se armaran y expandieran los grupos del crimen organizado: más de 180,000 homicidios se reportaron en los 11 años en los que estuvo al mando de la Policía Federal.

Hay también indicios firmes de que García Luna formó un escuadrón de la muerte para deshacerse de sus enemigos. Lo confirmaron, consultados para el libro, exagentes de inteligencia de la Policía Federal. Se presume que era él quien decidía quién vivía y quién debía morir. Así fue ejecutado el excomandante de la Policía Federal Édgar Bayardo del Villar en 2009, quien era testigo protegido de la Procuraduría General de la República para declarar sobre el Cártel de Sinaloa.

Introvertido y con múltiples complejos, García Luna se amparó en la amplia sombra presidencial para realizar todas estas acciones. Desde su puesto de “superpolicía” de los expresidentes Fox y Calderón, y de las dos primeras damas —Marta Sahagún y Margarita Zavala, ambas con ambiciones presidenciales propias—, García Luna intentaba controlar a un país entero a través del submundo criminal.

Por eso, terminó colocándose en la galería de personajes malvados que encarnan Vladimiro Montesinos, conocido como “Rasputín”, mano ejecutora del presidente peruano Alberto Fujimori; el general Manuel Contreras Sepúlveda, “Mamo”, mano asesina del dictador chileno Augusto Pinochet; y José López Rega, “el Brujo”, mano justiciera de la presidenta argentina Isabel Perón.

Evidencias que aparecen en el libro señalan que a partir de 1989 utilizó a su favor sus habilidades para hurgar en los secretos más retorcidos de las élites de poder. Supo capitalizar la información oficial recabada en alrededor de 500,000 fichas y perfiles sicológicos sobre policías, y otros 4.5 millones que detallan debilidades y destrezas de sus enemigos políticos, periodistas, líderes sociales, capos del crimen organizado, rebeldes e insurgentes.

Explotó esa información para su beneficio personal y el de su hermandad, un grupo de incondicionales que formó como encargado de la inteligencia y seguridad nacional. Luis Cárdenas Palomino y Ramón Pequeño, quienes fueron mandos en la Policía Federal, también están acusados en Estados Unidos de recibir sobornos de los cárteles.

El caso de García Luna es una muestra de que las redes de complicidad son efímeras y que la justicia tarda, pero alcanza. Hoy, ya que está preso, la historia de este “superpolicía” que cayó en desgracia es crucial para entender cómo se estructuraba en México la relación entre el crimen y el gobierno, y también la continuidad del poder.

FUENTE: https://www.washingtonpost.com/es/post-opinion/2020/10/20/garcia-luna-paso-de-la-pobreza-ser-el-senor-de-la-muerte/?utm_campaign=wp_post_opinion&utm_medium=email&utm_source=newsletter&wpisrc=nl_postopinion

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