Si hacemos un ejercicio de memoria, diría que éllo comenzó cuando decidimos ponerle rejas a nuestras casas. La sensación de inseguridad que se vivía en el país a éllo nos llevó. Luego lo hicimos con las calles.
Así, fue posible observar en cualquier sector de alguna de nuestras ciudades que, vecinos que podían transitar libremente por aquél, de la noche a la mañana -con la omisión de las autoridades en señal de visto bueno- vieren cerradas calles y avenidas, haciéndoles imposible realizar lo que hasta el dia anterior se hacía normalmente, emulando con éllo la práctica alemana en Varsovia y luego con el célebre muro berlinés.
En nuestro país, la tecnología, por una parte y la polarización por la otra, ha permitido observar en las distintas redes de interacción, la práctica según la cual, el que piensa distinto ya no es adversario sino enemigo al que se debe exterminar.
En efecto, si revisamos nuestras redes, observaremos que en aquéllas integradas por personas mayoritariamente llegadas a la actividad política en estos últimos veinte años, se hace cada vez más difícil el que se pueda contrastar las opiniones que contrarían el sentir general de quienes en éllas activamente participan. Quien lo hace contradiciendo la opinión del grupo, corre el riesgo de ser –literalmente- masacrado por romper la opinión compartida, pues aquél tiene la característica de que la única correcta es la que se cree cierta.
Así las cosas, a veces da la impresión que los integrantes del grupo -por su radicalización- se encuentran auto incapacitados para escuchar opiniones divergentes, viendo en quien las emite un enemigo, negándose con éllo a contrastar diferencias y eliminar falencias o ayudar a corregir las de otros. Las más de las veces, la interacción se reduce a la descalificación de quien distinto piensa, lamentablemente.
Por suerte, en los espacios donde eso observo, quienes habitualmente intervienen no llegan al 20% del total de sus integrantes, permaneciendo el resto como meros espectadores de las interacciones.
Pensando optimistamente, prefiero creer que quienes en esa posición pasiva están, analizan lo que ocurre y por éllo no se suman al linchamiento colectivo que señalo, pero lo cierto también es, que no buscan pararlo o cuando menos morigerarlo.
Mala es la señal que se deriva de la inflexibilidad que refiero.
En la democracia que conocimos, los adversarios tenían diferencias y las discutían. En esta triste época que vivimos, la intolerancia que el chavismo inoculó pervive –posiblemente de manera inadvertida- en algunos de quienes le adversan.
Así a algunos disguste, para salir de la situación que nos agobia, será necesaria la participación de mucha gente, inclusive de quiénes no comparten nuestras opiniones. Creer lo contrario, es más que un error.
Gonzalo Oliveros Navarro
@barraplural.

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