Vamos a ver si nos entendemos. El salario mínimo de un trabajador o de un pensionado en Venezuela es equivalente en bolívares a 6,15 dólares mensuales. Cualquier otro dinero adicional que reciba son bonos o ajustes o limosnas que el sector privado cancela a sus trabajadores para que sigan yendo y viniendo al trabajo todos los días, y no salgan despavoridos a cruzar el Tapón de Darién sin rumbo claro.
En la mayoría de los casos, juntando bonos y salario, algunos trabajadores venezolanos de a pie, con dificultad llega a recibir unos 100 dólares mensuales. Y ese mismo trabajador tiene que comprar una cesta básica, solo alimentaria, que pasa de los 300 dólares. Es decir, en una familia en donde 3,5 personas logran juntar cada una los mencionados 100 dólares, apenas con dificultad, tienen para comer.
Por supuesto, esa gente, las grandes mayorías del país, no usa pasta de dientes, ni lavan la ropa, ni mucho menos se compran una camisa nueva. Tampoco tienen para el pasaje, a menos que se salten una comida. No van al cine, ni de paseo, ni tampoco tienen con qué pagar el colegio de los muchachos, si los tienen en el privado. ¡Vive, medio come y de vaina!
Todo eso, que conforma la gran mayoría de nuestro país, contrasta con las peripecias de lo que el régimen llama un “emprendedor” del socialismo del siglo XXI.
A un individuo se le ocurre la idea de poner un restaurante a no-sé-cuántos metros del suelo en Altamira, Caracas. Guindó una mesa amarrada a una grúa y la alzó para que sus clientes comieran viendo la parte linda de la ciudad capital.
Una idea de “vanguardia” que desafortunadamente no le funcionó a su inventor. El mismo empresario comenta que no fueron los precios los que le hicieron cerrar el negocio, fue el vértigo por las alturas lo que acabó con su restaurant. Así, luego de cobrar 180 dólares por persona y tener llenas las reservaciones por semanas seguidas, con el incremento de las persecuciones en contra de los pillos de la banda de Al Aissami y a pesar de haber bajado el precio por persona a 140 dólares para comer en las alturas, ya ni le estaban llegando a 14 comensales al día para subir la polea.
Suponemos que ese y muchos otros negocios más se habrán visto sentidos por el mismo “miedo a las alturas”, o a las bragas naranjas-naranjas del nuevo chavismo Robín Hood que quita a los enchufados ricos en desgracia y da a los enchufados que están en la buena con los gangsters de moda del régimen.
Y eso es lo que está sucediendo igualmente con la reventa de locales comerciales que siempre están vacíos, o con las oficinas y apartamentos regados por toda Venezuela que jamás tienen gente. Por cierto, todo apunta a que las actividades que se están ralentizando en el país, son justamente las que forman parte de lo que los genios de la economía del régimen y sus pegados han llamado la burbuja del crecimiento económico venezolano. Que, para ser más precisos, debieron haber bautizado como la burbuja del crecimiento de los enchufados en Venezuela.
¡Qué pesadilla: todo ese derroche que hoy se está escondiendo por el miedo, no le llegó ni en un poquito a tanta gente que está viviendo en el margen, en la línea delgada entre la miseria y la extinción!
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FUENTE: >>https://venezuelaredinformativa.us/colgando-de-un-mecate/
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