Por Elizabeth S谩nchez Vegas
Durante la campa帽a, le colgaron tantos rosarios al cuello, que hubo d铆as en que apenas pod铆a respirar entre las cuentas. No es exageraci贸n. La gente se acercaba con las manos sudadas, con los ojos h煤medos, con una urgencia que nac铆a del alma, y le pon铆a un rosario encima de otro, como si estuvieran forrando su cuerpo con oraci贸n. Nadie ped铆a fotos. Nadie buscaba reconocimiento. S贸lo se acercaban con una delicadeza que dol铆a y le dec铆an, bajito, como si le confiaran a su hija: “Esto te va a proteger.”
Y ella los guardaba. Todos. Sin distinci贸n. El de pl谩stico rosa, que le dio una ni帽a en Cariaco. El de semillas negras, que ven铆a envuelto en un pa帽uelo bordado por una abuela de Mucuch铆es. El de madera gruesa, con la cruz desgastada, que un hombre dej贸 sobre la tarima en silencio. El de cuentas verdes, que —seg煤n le contaron— fue armado por los familiares de presos pol铆ticos en Lara. Los recib铆a con la misma reverencia con la que otros reciben medallas. No eran objetos. Eran encargos. Y se los colgaban, como quien cubre a alguien que se ama y se teme perder.
Desde que entr贸 en la clandestinidad, Mar铆a Corina no se separa de ellos. En las entrevistas que a煤n da desde el silencio, desde lugares sin nombre, sin coordenadas, siempre lleva uno. A veces lo esconde entre la ropa, otras veces se le escapa sobre el pecho. Lo acaricia con los dedos mientras habla, sin darse cuenta. Es un gesto leve, autom谩tico, pero cargado de peso. Porque sabe, y lo sabe con una certeza que no necesita pruebas, qu茅, sin esos rosarios, tal vez no estar铆a viva.
Cuando recibe un mensaje en clave, cuando el silencio de la noche cambia de temperatura y alguien le susurra que es hora de moverse, ella no duda. Se pone los zapatos sin hacer ruido. Revisa la rendija de la puerta. Y carga dos mochilas.
En una va lo m铆nimo: una muda de ropa, un bolsito con productos de higiene, y los documentos que la identifican. En la otra, que siempre pesa m谩s, lleva los rosarios. Son miles. Y est谩n todos.
Es una mochila que no viaja por utilidad, sino por amor. La carga como si llevara con ella a todos los que ya no est谩n, a los que la esperan sin saber d贸nde, a los que rezan sin palabras, pero con el alma abierta como una herida. Podr铆a dejarlos atr谩s, pero no puede. Ser铆a como abandonar a su gente. Como traicionar la promesa t谩cita que cada uno de esos rosarios contiene: “Llega viva. Y haz lo que viniste a hacer”
En las casas donde se resguarda por unas horas o por una noche, cuando el cansancio pesa m谩s que el miedo y alguien, con voz baja y mirada honesta, le pregunta por qu茅 carga tanto, ella apenas sonr铆e, como quien guarda un secreto que no necesita ser explicado, y responde, con una naturalidad que desarma: “Esto es lo que me cuida”. Despu茅s de eso no hace falta decir m谩s. La frase queda flotando en el aire como incienso, y todo se entiende. Nadie vuelve a insistir.
Porque no hay escolta que la abrace como esos miles de rosarios. No existe blindaje t茅cnico, ni formaci贸n militar, ni plan de contingencia, que pueda compararse con ese escudo silencioso, que se ha ido tejiendo en torno a ella, punto por punto, cuenta por cuenta, desde la ternura m谩s honda de un pa铆s, que aprendi贸 a protegerla no con armas, sino con lo 煤nico que le queda inviolado: la fe.
Una fe antigua, dom茅stica, casi terrosa. Una fe de cocina y de patio, que se transmite en susurros entre generaciones, pero que cuando toca proteger, ruge como los 谩rboles viejos cuando viene la tormenta.
El r茅gimen no sabe qu茅 hacer con eso. No entiende c贸mo desarticular una red que no se organiza por 贸rdenes, ni se re煤ne en s贸tanos, ni aparece en ning煤n registro. No entiende c贸mo puede seguir viva alguien resguardada por miles de manos, que no se ven pero que est谩n, que no figuran pero que act煤an, que no gritan, pero rezan.
Y claro, tampoco pueden decomisar lo que vive en su piel: esos rosarios que lleva en la mochila, en los bolsillos, en la garganta, en la mirada. Est谩n cosidos a su cuerpo, a su historia. Son parte de su sombra. De su memoria. De su nombre.
Y por eso sigue: porque cada uno de esos rosarios no s贸lo la protegen, la sostienen. Al tocarlos, recuerda que no es ella sola la que resiste, sino un pa铆s entero que la envuelve sin rozarla, que no est谩 cerca, pero late con ella. Y cuando todo esto pase, porque va a pasar, y pueda andar a la luz del d铆a sin temer la traici贸n, cuando abra la mochila y contemple, uno a uno, los rosarios que le confiaron, sabremos que el manto funcion贸. Que la cuidamos como se cuida a lo sagrado: con fe, con paciencia, con amor. Y que en un pa铆s donde parec铆a que todo se hab铆a perdido, la fe, por fortuna, nunca se exili贸.
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FUENTE: >>Elizabeth S谩nchez Vegas
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