En el debate económico contemporáneo de Venezuela, suele cometerse un error de categoría analítica al tratar la brecha cambiaria y la inflación como dos patologías macroeconómicas independientes. La narrativa convencional describe la inflación como un aumento generalizado de precios provocado por desequilibrios agregados, mientras califica a la brecha cambiaria como un mero desajuste técnico en el mercado de divisas. Sin embargo, la ciencia económica rigurosa demuestra que ambos fenómenos son manifestaciones de un mismo desorden monetario subyacente. La brecha cambiaria no es una entidad pasiva; es un mecanismo de transmisión que acelera, amplifica y transmuta la intervención estatal directamente en inflación de precios.
Para desenterrar los fundamentos de este proceso, es imperativo abandonar los modelos mecánicos de la macroeconomía neoclásica y adoptar las herramientas metodológicas de la *Escuela Austriaca de Economía* —específicamente la teoría del valor subjetivo y la destrucción del cálculo económico— combinadas con el realismo institucional de la *Escuela de la Elección Pública (_Public Choice_)*. Solo así se revela cómo el intento del Banco Central de Venezuela (BCV) por "anclar" los precios mediante la manipulación del tipo de cambio oficial termina provocando el efecto exactamente contrario: una espiral inflacionaria informal que devasta el capital productivo y el salario real.
*I. El error metodológico del anclaje: el precio como transmisor de información*
Para comprender cómo la brecha se transforma en inflación, debemos recordar la naturaleza profunda de los precios. Como explicó Friedrich A. Hayek en su célebre ensayo _El uso del conocimiento en la sociedad_, los precios no son simples etiquetas numéricas fijadas por costos de producción, sino un sistema de telecomunicaciones. Transmiten información condensada sobre la escasez relativa de los bienes y las valoraciones subjetivas de los agentes económicos.
Cuando el BCV interviene en el mercado e inyecta divisas para sostener un tipo de cambio oficial artificialmente bajo, no está eliminando la escasez de dólares; solo está reprimiendo su expresión monetaria oficial. Esta acción genera una señal de precios falsa. Al estar el dólar oficial subvaluado, se produce un exceso de demanda crónico en las mesas de cambio legales. Ante la imposibilidad física y fiscal del ente emisor de satisfacer al 100% de los solicitantes a esa tasa preferencial, la demanda residual se desplaza al mercado paralelo.
Es en este punto donde se activa la transmutación hacia la inflación. Los agentes económicos no operan con base en el pasado, sino con base en expectativas de futuro y costos de reposición. El comerciante, el industrial y el emprendedor descubren que el precio oficial del BCV es una ficción jurídica: una tasa a la que "se mira, pero no se compra". Al verse forzados a recurrir al mercado paralelo para adquirir las divisas necesarias para reponer sus materias primas o inventarios, el verdadero costo de oportunidad de sus factores de producción pasa a ser la tasa informal. Por ende, los precios finales de los bienes de consumo se forman reflejando la escasez real del mercado paralelo, no el deseo político del planificador central.
*II. La destrucción del cálculo económico y la prisa por cobertura*
Ludwig von Mises demostró en _La Acción Humana_ que el cálculo económico requiere de una unidad monetaria cuyo valor no sea objeto de manipulaciones gubernamentales violentas. Cuando coexisten dos tipos de cambio con una brecha significativa, el cálculo económico se destruye. Las empresas se enfrentan a una esquizofrenia contable: deben registrar sus ingresos a la tasa oficial del BCV, pero deben proyectar sus egresos y la reposición de sus activos a la tasa informal.
Esta incertidumbre regulatoria y cambiaría genera una prima de riesgo que se traslada directamente al consumidor en forma de mayores precios. Ante el temor legítimo de vender hoy a tasa oficial y no poder reponer la mercancía mañana debido al ensanchamiento de la brecha, los comerciantes aplican un mecanismo de *indexación anticipada*. No esperan a que el dólar paralelo suba; incrementan los precios preventivamente para proteger su patrimonio líquido contra la devaluación esperada.
La brecha cambiaria, por lo tanto, actúa como un combustible psicológico que acelera la velocidad de circulación del dinero. Los agentes económicos se desprenden rápidamente de los bolívares —cuya capacidad de compra está severamente mermada por la restricción de acceso al mercado cambiario oficial— para refugiarse en activos reales o divisas. Esta caída en la demanda de dinero nacional es, según la teoría austriaca del ciclo y de la moneda, el motor fundamental hiperinflacionario: el valor de la moneda se desploma no solo por cuántos billetes emite el banco central, sino por cuán poco la sociedad desea retenerlos.
*III. El Efecto Cantillon coercitivo y la transferencia de riqueza*
La inflación provocada por la brecha cambiaria no golpea a todos por igual. Aquí se manifiesta con crudeza el *Efecto Cantillon*, reinterpretado desde las dinámicas de una economía con controles de cambio. Quienes reciben el beneficio de la intervención cambiaria en primera instancia —la élite burocrática y los actores económicos con acceso garantizado al dinero preferencial del BCV— pueden adquirir bienes, servicios y divisas a un precio artificialmente bajo, antes de que el resto de la economía absorba el impacto de la escasez.
Para cuando el efecto de la brecha cambiaria se filtra a través de los costos de reposición y se traduce en un incremento de los precios de los alimentos, las medicinas y los servicios, los últimos en la cadena de transmisión ya han sido expropiados de su poder adquisitivo. Estos últimos son los trabajadores asalariados, los profesionales dependientes y los pensionados, cuyos ingresos están fijados nominalmente en bolívares o indexados rezagadamente a la tasa oficial.
La brecha cambiaria opera entonces como un mecanismo de transferencia regresiva de riqueza. La inflación que genera no es un fenómeno neutral de mercado; es un trasvase coactivo de recursos desde los sectores más vulnerables y productivos de la sociedad hacia aquellos que detentan el privilegio político del acceso al arbitraje oficial.
*IV. La perspectiva de _Public Choice_: la inflación como elección racional de la burocracia*
¿Por qué la autoridad monetaria persiste en un esquema de anclaje que genera brecha y, consecuentemente, inflación informal? La Escuela de la Elección Pública (_Public Choice_) ofrece la respuesta al desmitificar el comportamiento del burócrata. Los hacedores de política económica no buscan el bienestar general abstracto, sino la maximización de su propio poder, presupuesto e influencia.
Desde la óptica del _Public Choice_, mantener un tipo de cambio oficial devaluado o artificialmente bajo permite al Estado maquillar los agregados macroeconómicos oficiales y proyectar una falsa sensación de estabilidad inflacionaria ante la opinión pública internacional y nacional. Políticamente, es más mercadeable exhibir una inflación oficial moderada —calculada sobre la base de una tasa de cambio artificial— que asumir el costo político de una unificación cambiaria total que reconozca la verdadera depreciación del bolívar.
Además, la brecha cambiaria genera una estructura de incentivos donde la burocracia estatal expande su poder de control. Al existir escasez de divisas oficiales, el funcionario público adquiere la potestad discrecional de decidir quién recibe dólares baratos y quién no. Esta capacidad de racionamiento es una fuente inmensa de poder político y clientelar. El precio que paga la sociedad por este diseño institucional es la inflación de costos en la calle. Para la burocracia, la inflación resultante es un daño colateral aceptable e incluso deseable, ya que se licúan las deudas nominales del Estado en bolívares mientras se retiene el control real sobre los recursos duros de la economía.
La fórmula del beneficio burocrático, expresada en términos de la economía política de la regulación, demuestra que la persistencia del control es técnicamente superior para el regulador que la eficiencia del mercado:
Utilidad del Regulador = f(Poder Discrecional, Rentas Distribuidas) - Costo Político de la Inflación Difusa
Dado que el costo de la inflación está atomizado entre millones de ciudadanos que sufren el aumento de precios de forma individual en el supermercado, mientras que los beneficios del control cambiario están concentrados en el aparato estatal y sus aliados, el incentivo institucional permanente es mantener el statu quo regulatorio, sin importar la destrucción monetaria circundante.
*V. Conclusiones*
La brecha cambiaria es uno de los cordones umbilicales que alimenta la inflación en Venezuela. Intentar combatir el alza de precios persiguiendo a los comerciantes o inyectando divisas de manera espasmódica en las mesas de cambio es atacar el síntoma ignorando la etiología de la enfermedad. La inflación de precios es la consecuencia inevitable de la pérdida de valor de la moneda, y la brecha cambiaria es el indicador más preciso de esa pérdida de confianza generalizada.
La solución definitiva al flagelo inflacionario no pasa por perfeccionar el anclaje del BCV, sino por su desmantelamiento total. Solo a través de la liberalización absoluta del mercado cambiario, la unificación de las tasas de forma genuina y espontánea mediante el sistema de precios libres, y la apertura a una competencia monetaria sin restricciones institucionales, se podrá devolver a los agentes económicos la capacidad de realizar el cálculo económico racional. Mientras la tasa de cambio siga siendo un instrumento de control político y asignación discrecional de privilegios, la brecha continuará devorando el poder adquisitivo de los venezolanos, demostrando que la intervención económica siempre termina cosechando la destrucción de la moneda que pretendía defender.
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FUENTE: >>Econ. Jose Gregorio Santeliz C
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