La ciencia económica contemporánea padece un mal de origen: el empeño en constreñir la compleja y fluida naturaleza de la conducta humana dentro de moldes matemáticos y ecuaciones deterministas. En el afán de emular el prestigio formal de la física teórica, la ortodoxia dominante ha olvidado que el objeto central de su estudio no son agregados estadísticos ni variables mecánicas, sino el ser humano actuante, con sus propósitos, expectativas, errores y conocimiento impreciso. A propósito de un comentario que me envía mi amigo el Ing. Carlos Muñiz y para comprender en su verdadera dimensión la génesis, el desarrollo y la vigencia de la llamada Escuela Austriaca de Economía, resulta indispensable adentrarse en un itinerario intelectual que abarca siglos, trasciende la geografía continental europea y desmonta de manera categórica las simplificaciones historiográficas y políticas con las que a menudo se le pretende encasillar.
Existe una corriente de opinión que sitúa de forma equívoca la aparición de la ciencia económica liberal
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