Solemos evaluar el drama macroeconómico de Venezuela a través de un frío conjunto de gráficos y estadísticas en descenso: un colapso del Producto Interno Bruto que llegó a superar el 75% o ciclos hiperinflacionarios que desafían los modelos analíticos convencionales. Sin embargo, como advertía con lucidez Ludwig von Mises en su tratado _La Acción Humana_, la economía no trata en última instancia sobre números, variables agregadas o coeficientes estáticos, sino sobre la acción humana con propósito. La verdadera tragedia del país no reside de forma exclusiva en la Base Monetaria o la Licuación Cambiaria, sino en cómo la intervención coercitiva del Estado desarticula la capacidad del individuo para planificar de forma racional su propia existencia.
Hoy no solo enfrentamos un colapso productivo; atravesamos una crisis antropológica profunda donde el _ethos_ nacional y el tejido moral se desvanecen en el laberinto de la mera supervivencia biológica. Cuando el Estado secuestra los mecanismos de mercado y destruye la honestidad de la moneda, no comete un simple error técnico de política pública; perpetra una agresión directa a la naturaleza libre del ser humano, mutando al ciudadano de un arquitecto de su destino a un náufrago de la coyuntura.
Para desentrañar la metamorfosis del sujeto social venezolano, es indispensable vincular la teoría del valor con la teoría del tiempo. Siguiendo la tradición fundacional de Carl Menger, el valor no constituye una propiedad intrínseca o matemática de los objetos, sino un juicio mental subjetivo que nace cuando el individuo reconoce que un bien es capaz de satisfacer una necesidad vital. En una sociedad abierta, los precios libres actúan como los "faros" informacionales que permiten coordinar dichas valoraciones sociales. Al liquidarse la estabilidad de la moneda, el cálculo económico —la brújula de la acción humana— se torna imposible, sumergiendo a los agentes en una "ceguera coordinada" donde el vínculo entre la realidad material y la necesidad humana se fractura por completo.
Esta ceguera dinamita el pilar fundamental de la civilización: el ahorro y la producción indirecta (_roundabout production_). Como demostró Eugen von Böhm-Bawerk, el progreso humano exige el sacrificio y la renuncia al consumo presente con el fin de acumular bienes de capital que multipliquen el bienestar y la productividad futura. El dinero honesto es el puente institucional hacia el mañana. Cuando la inflación descontrolada y el anclaje cambiario ficticio pulverizan el signo monetario, el puente se desploma. Sin capacidad de ahorro, la estructura productiva se carcome y la sociedad entra en una fase consuntiva: consumimos nuestro propio capital, retrocediendo involuntariamente hacia la subsistencia primitiva.
Antropológicamente, esta distorsión destruye la preferencia temporal baja (la disposición a postergar la gratificación) e impone un régimen de *presentismo forzoso*. Si la moneda pierde valor a cada hora, la acción racional del individuo se pervierte: lo lógico es gastar el dinero de inmediato. El concepto misesiano del _Homo Agens_ —el hombre que actúa con propósito y planifica a largo plazo para elevar su estado de satisfacción— muta hacia un ser puramente reactivo ante los shocks del entorno.
Se aniquila así la facultad humana de proyectar a 5, 10 o 20 años. Bajo este enfoque, que encuentra eco ético en las advertencias de Séneca en su _De Brevitate Vitae_, el sistema le arrebata el tiempo vital al ciudadano. El venezolano se convierte en el _occupatus_ estoico: un ser angustiado por el hoy, cuya mente está confiscada por la urgencia y cuya vejez queda desprotegida ante la destrucción de la jubilación del alma. Las virtudes clásicas de raíz kantiana y liberal —la prudencia, la templanza, la previsión y la perseverancia— dejan de ser catalizadores de éxito para transformarse en riesgos económicos severos. En una economía ciega, el previsor es penalizado coactivamente por la devaluación, mientras que el astuto del momento es premiado, distorsionando el carácter y la integridad moral de la nación.
Siguiendo esta línea argumentativa, la persistencia en la destrucción del signo monetario no es una omisión ciega del regulador, sino una estrategia de supervivencia política analizable desde la Escuela de la Elección Pública (_Public Choice_). Al desmitificar al Estado benevolente, comprendemos que la burocracia expande su poder precisamente allí donde el ciudadano pierde su autonomía. La destrucción de la economía privada y de la moneda nacional reduce el tejido social a un conjunto de "átomos" aislados, fracturando los órdenes espontáneos que Friedrich Hayek describió como depósitos de conocimiento táctico: los vecindarios, los gremios y, fundamentalmente, el hogar.
La migración masiva de más de 7.7 millones de personas no es una mera variable demográfica, sino una amputación drástica del capital social y de la unidad básica de orden: la familia. Al desmembrarse el hogar, se interrumpe la herencia intergeneracional de la "gramática social" que enseña que el respeto a la propiedad privada y al contrato son las únicas garantías de la convivencia pacífica y la libertad. Cuando los recursos se tornan críticamente escasos debido al control y a la emisión espuria, la cooperación social bajo la división del trabajo es sustituida por el conflicto crudo por la supervivencia. El "otro" deja de ser un socio comercial potencial para transformarse en una amenaza directa.
Es en esta fragmentación donde el modelo de incentivos del _Public Choice_ revela el diseño del Estado providencial y clientelar. Al verse imposibilitado de calcular y proveerse su propio sustento debido a la *Indefensión Aprendida* —donde el cerebro concluye que el esfuerzo honrado y el estudio ya no guardan correlación con la recompensa—, el individuo experimenta un severo *"Túnel Cognitivo"*. La tiranía de lo básico secuestra el 100% de su ancho de banda mental en resolver la urgencia biológica diaria (agua, luz, alimentos), sacrificando el costo de oportunidad de la innovación intelectual, la disidencia política y el pensamiento estratégico.
Esta parálisis del _Homo Agens_ engendra una profunda *Disonancia Moral*: El ciudadano desprecia el sistema intervencionista que lo empobreció, pero la deliberada asfixia de la producción privada lo obliga a depender de los subsidios discrecionales y las dádivas del poder para no perecer. La burocracia maximiza su utilidad política al transformar al agente económico soberano en un buscador de prebendas estatales. El resultado sociológico es la anomia: un estado de desorientación moral donde el cumplimiento de la ley pasa a percibirse como un suicidio patrimonial y la evasión de la norma, el "atajo" o el tráfico de influencias se redefinen e internalizan bajo el eufemismo de la "astucia" de supervivencia. El orden espontáneo se invierte; el hombre deja de ser un fin en sí mismo para convertirse en una pieza dependiente de la arbitrariedad del planificador central.
*Conclusiones: la rehumanización a través de la libertad y la propiedad*
La deconstrucción de la crisis antropológica venezolana demuestra de forma palmaria que la solución a largo plazo excede las competencias técnicas de las subastas cambiarias o los encajes legales del Banco Central. Si el daño estructural ha erosionado el carácter, la moral y la concepción del tiempo del ciudadano, el proceso de reconstrucción nacional debe ser una ruta de *rehumanización institucional*.
Sanar la patología de la indefensión aprendida y clausurar el túnel cognitivo exige, de forma perentoria, devolverle al individuo la soberanía sobre sus frutos y sobre su tiempo. Esto solo es realizable mediante la restitución del respeto absoluto a la propiedad privada, entendida no como un simple privilegio material, sino como la frontera física e infranqueable de nuestra libertad y la garantía existencial de que somos dueños de nuestro esfuerzo.
La ceguera antropológica e institucional se cura exclusivamente con luz, y la luz es la libertad económica. Solo mediante el fin del monopolio emisor, el establecimiento de una libre competencia de monedas que permita el resurgimiento del ahorro real y el retorno inequívoco al imperio de la ley, el venezolano podrá abandonar el modo de ataque o huida de la urgencia biológica. Únicamente cuando las mentes libres vuelvan a confiar en el mañana y a calcular a largo plazo, el ciudadano dejará de ser un sujeto reactivo controlado por el poder para erigirse, nuevamente, como el único, legítimo y autónomo arquitecto de su propio destino.
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FUENTE: >>Econ. Jose Gregorio Santeliz C
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