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viernes, julio 10, 2026

Tiempo extra amañado

Por: José Luis Centeno S.

Interinato en tiempo extra gracias al árbitro de la Avenida Pensilvania.

Así como en el Mundial 2026 algunos equipos se han visto favorecidos por decisiones arbitrales en momentos clave, dejando una sensación de incredulidad y un debate abierto sobre la imparcialidad en el torneo, en Venezuela, particularmente después del 3 de los corrientes, el equipo del interinato estaría siendo favorecido de forma similar. 

En nuestro país, el árbitro principal, es decir, Washington, o, si usted prefiere, la Casa Blanca, toma la decisión de alargar el partido; mientras el VAR, o sea, el aparato diplomático y mediático internacional, revisa y valida esa decisión después, para que parezca justa. Por eso, lo que vimos en la cancha con el caso de la selección que dejó en el camino a los faraones es un calco de lo que ocurre hoy en el despacho presidencial de la avenida Urdaneta. 

Allá, un árbitro francés decidió ignorar un penal claro sobre la estrella del equipo rival y, segundos después, validar un gol de remontada que nadie entiende. Aquí, el árbitro principal, que despacha desde la Avenida Pensilvania, decidió anular el fin del partido constitucional y otorgarle un tiempo extra a una administración que ya no tiene pulmones ni apoyo en las gradas.

La analogía es tan descarnada que duele. En el fútbol, el segundo gol del equipo africano fue anulado por una falta previa que solo el monitor del VAR quiso ver después de varios toques. En Venezuela, la falta absoluta de quien ocupaba el poder hasta el 3E fue “anulada” por una interpretación arbitral que prefiere mantener la pelota en juego antes que pitar el final del interinato. 

¿La razón? Quizás al dueño del torneo no le conviene que el juego se detenga ahora, justo cuando los escombros de dos terremotos todavía están frescos en el suelo.

El 3 de julio era la fecha límite. El reglamento es claro: ciento ochenta días y el juego termina. Pero al igual que François Letexier en aquel partido polémico, los tutores de nuestra política han decidido que el cronómetro se detiene cuando ellos digan. 

Es un favoritismo que deja un sabor amargo en la boca del ciudadano, ese espectador que paga la entrada con su propio sufrimiento y que ve cómo, mientras él intenta rescatar lo que queda de su vida bajo las ruinas, los que están en la cancha siguen jugando gracias a una decisión de escritorio.

Las quejas formales ya empezaron a llover, pero en la FIFA politizada los reclamos suelen terminar en la papelera. Da rabia, claro que sí. Da la misma rabia que sintió el entrenador de aquel equipo eliminado cuando declaró que el torneo “no tiene justicia” y que no volvería a ver un partido del Mundial. 

¿Cuántos venezolanos no piensan lo mismo hoy? ¿Cuántos no sienten que el juego democrático en este país no tiene justicia y que ya no vale la pena asomarse a ver qué pasa en Miraflores? Es el retiro espiritual de una sociedad que se siente estafada.

Y no falta quien, con la crudeza de quien lo ha perdido todo en el último minuto, se atreva a decir las cosas por su nombre. Hay quienes van más lejos, como el jugador Mostafa Ziko, al afirmar que “el torneo está claramente amañado”. 

Y es que, si miramos los datos, la sospecha deja de serlo para convertirse en certeza. ¿Cómo se explica que un interinato sin origen electoral, sin apoyo popular y con el plazo vencido, siga detentando las llaves del Estado? Solo se explica si el árbitro y el VAR están de acuerdo en que el resultado ya estaba escrito antes del pitazo inicial.

Así las cosas, el equipo del interinato, favorecido por decisiones de Washington que desafían cualquier lógica jurídica, celebra una permanencia que no es triunfo, sino apenas una prórroga vergonzosa. Es el triunfo de la apariencia sobre la norma, de la conveniencia sobre la ley.

Es la misma injusticia deportiva que dejó fuera a un equipo que ganaba 2-0 y terminó eliminado por un arbitraje complaciente. Aquí también íbamos ganando en esperanza, pero nos anularon el gol de la libertad con una amnistía de mentira y un interinato que no termina de expirar.

Al final del día, nos queda la mirada descarnada de una realidad que no admite disimulos. Estamos en un torneo donde las reglas cambian según quién tenga el balón. No le echen la culpa al destino ni a la mala suerte. Esto es el resultado de un sistema donde la justicia es apenas un accesorio de moda para los que mandan. 

La conclusión es amarga: en este partido, el equipo de casa pareciera estar destinado a perder, porque el árbitro es extranjero y el VAR, indolente, valida sus decisiones. Fuerza, Venezuela, que el partido todavía es largo y, aunque el torneo parezca amañado, la última palabra siempre la suele tener la grada cuando decide que ya basta de trampas.

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FUENTE: >>José Luis Centeno S

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