Resulta una ironía dolorosa para el merideño que, en una tierra bendecida por cumbres nevadas y precipitaciones constantes, el suministro de agua sea un lujo intermitente. La realidad local nos enfrenta a una contradicción técnica y social: mientras más llueve, menos agua llega a los hogares.
La raíz del problema es conocida por las autoridades y la ciudadanía: un deslizamiento geológico;
una cárcava de magnitudes considerables compromete la estabilidad de las captaciones actuales cada vez que el clima arrecia.
Sin embargo, lo que hoy es una crisis crítica, pudo haberse evitado. En tiempos de mayor solvencia económica, existió la oportunidad técnica de realizar una nueva toma de agua cerro arriba, sorteando la inestabilidad del terreno y garantizando el flujo hacia la ciudad.
Hoy, el panorama es distinto y mucho más complejo;
El agotamiento de las arcas públicas dificulta la ejecución de obras de infraestructura que, aunque calificadas como de "mediana envergadura", requieren una inversión en divisas que el Ejecutivo parece no estar dispuesto o en capacidad de asumir.
