Cada cierto tiempo reaparece en el debate político venezolano una idea que, por audaz, despierta pasiones encontradas: la posibilidad de que Venezuela se convierta en el estado número 51 de los Estados Unidos de América. Para algunos representa una salida definitiva al prolongado colapso institucional del país; para otros, constituye una renuncia inaceptable a la soberanía nacional. Sin embargo, más allá de las emociones que el tema despierta, conviene analizarlo con serenidad.
La historia demuestra que las naciones no progresan únicamente por la nobleza de sus aspiraciones, sino también por la capacidad de distinguir entre lo deseable y lo posible. Existen ideas que inspiran y otras que movilizan; pero también existen aquellas que, aunque teóricamente concebibles, terminan consumiendo un capital político y humano que podría emplearse en objetivos
