Igual que a muchos, la tragedia la condenó a estar encerrada. A tener miedo de salir y a dejar de vivir lo que le corresponde a cualquier adolescente de su edad. Debió, abruptamente, aceptar que solo podrá ir de una habitación a otra. Sin embargo aún tiene recuerdos frescos para refugiarse en ellos, como cuando de pequeña iba feliz a la escuela, donde a pesar de ser nueva había logrado hacer amigos.Ya no puede ver a sus compañeros de clases. Ya no tiene a quién prestar y pedir prestados lápices, colores ni cuadernos. Todo se terminó de un golpe. Su vida cambió. Sus sueños acabaron recluidos en un espacio pequeño en donde vive junto a su familia y cuatro personas más. La casa de atrás se volvió su mundo, su espacio, su cárcel.
Las carreras en el parque, las risas libres que volaban al viento, el delicioso olor del pan fresco que la deleitaba al pasar frente a la panadería, la sensación de la hierba húmeda bajo sus pies descalzos, son cosas que no podrá olvidar.
Jamás pensó añorar las clases que dentro de un salón impartían sus maestros, a quienes directamente