La sociedad venezolana se articula y descansa en dos frentes políticos, comunicacionales y moralistas, desde donde se construye e impone el consenso y se condena el disenso.Una sociedad anómica y anárquica que ante la pandemia y las amenazas geopolíticas recientes, continúa aferrada a una lógica polarizante. Una sociedad donde impera una ética de guerra que legitima la destrucción del adversario-enemigo. Dinámica nociva que atrapa y condena a la ciudadanía a permanecer atrincherada en dos espacios político-discursivos desde donde, de manera acrítica, se asumen automáticamente posiciones radicales y se justifica la polarización. Situación, tanto de comodidad como de conformidad, que dificulta cualquier proceso reflexivo que denuncie la dinámica polarizante.
Una sociedad en crisis a la que se agrega la crisis del coronavirus. A las angustias y miedos propios de la situación país se suma el miedo a la pandemia. Una “nueva normalidad” pandémica que se vive y percibe desde la anomia y la anarquía; que cierra nuestro abanico de posibilidades, nos ubica “cómodamente” al interior de cada polo radicalizado en un