Este ilustre trujillano nacido un 15 de septiembre de 1897 llamado Mario Briceño Iragorry, fue uno de los más
importantes ensayistas del siglo XX venezolano. En su producción literaria
podemos señalar: Ventanas en la noche; Lecturas venezolanas; El caballo de
Ledesma, Los Riberas y La fundación de Maracaibo e Historia de la fundación de
la ciudad de Trujillo, entre otros, pero no será hasta el año 1946 cuando obtiene su
primer reconocimiento, al recibir el Premio Municipal de literatura por su obra Casa
León y su tiempo, y el Premio Nacional de literatura por su libro El regente Heredia
o la piedra heroica.
En su libro póstumo “Ideario Político”, encontramos que a este Andino le toco
asumir dos momentos críticos: El 18 de octubre de 1945, cuando fuera derrocado
el gobierno del general Isaías Medina Angarita por un golpe de Estado y el año
1952, cuando la Junta de Gobierno liderada por Marcos Pérez Jiménez, burló de
manera fraudulenta la voz triunfante del pueblo que votó en las elecciones para la
Asamblea Constituyente, hecho que condujo a la tiranía militar y a su penoso
exilio.
Cuando la Dictadura de Pérez Jiménez, acorralada por su feroz represión, que
mantenía las cárceles del país repleta de presos político, decide convocar a una
Asamblea Constituyente, Mario Briceño Iragarrory, junto al partido URD y Copei, y
en contra de la abstención de adecos y comunistas, decide participar en aquellas
elecciones que a la postre fueron irrespetada por el régimen dictatorial.
En ese momento manifiesta: Es preciso buscar que el pueblo tenga palabra en el
debate que tanto habrá de juzgar del inmediato pasado de los gobernantes, como
habrá de abocarse a dar nuevas líneas a la vida institucional de la República. Es
justo pensar, también, que, en la pregonada mayoría victoriosa del gobierno,
figuren representantes en quienes tenga mayor eco la voz de la República que el
concupiscente interés del momento.
A la caída de la Dictadura este fiel representante de nuestra venezolanidad, deja
constancia de su irreverencia y su conducta ética intachable cuando advierte: “La
lucha me ha recompensado con saciedad: viejo, enfermo, golpeado e irrespetado
por mis enemigos, siento, sin embargo, la alegría de comprobar que mi sangre
arde y palpita con el tono y el fuego de una voluntad dispuesta a nuevos
sacrificios.
Para Venezuela ha sonado la hora de la victoria de la luz sobre la espesa tiniebla
antigua. Muchos, dándose por satisfechos, han surgido sus naves en la rada
apacible. Otros que nada o poco hicieron, entran con paso de señores a aprovechar la vendimia. Yo mantengo, en cambio, alzada el ancla y tendidas las
velas, para seguir sobre las aguas hasta tanto se disipe toda nube anunciadora de
peligros para la suerte del pueblo. Navegar antes que vivir, es la consigna del
hombre vigilante".
FUENTE: R/S/W
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