La publicación en 1984 del libro _El Caso Venezuela: Una ilusión de armonía_ constituyó un hito en la sociología política y la economía aplicada de la región al desmontar el mito de la excepcionalidad democrática e industrial del Estado venezolano. La tesis fundamental expuesta por Moisés Naím y Ramón Piñango demostró que la estabilidad institucional y el aparente consenso social alcanzados tras el pacto fundacional de 1958 no reposaban sobre la solidez de reglas de juego impersonales ni sobre una estructura productiva genuinamente competitiva, sino sobre un sofisticado mecanismo de pacificación intersectorial financiado por la renta petrolera. Esta paz social comprada a través de la expansión del gasto público operó como un velo anestésico que aplazó la resolución de los conflictos estructurales de fondo, subsumiendo la lógica de la productividad bajo la lógica de la redistribución. Sin embargo, la comprensión cabal de las causas profundas que desencadenaron la ulterior catástrofe económica venezolana requiere trascender la mera descripción sociopolítica del modelo rentista para adentrarse en la mecánica pura de la teoría económica, cuyos postulados ofrecen una explicación categórica e ineludible sobre la inevitabilidad de su colapso.
Desde la rigurosa perspectiva misesiana del cálculo económico, la centralización de la renta en manos del Estado extirpó de raíz la función social del sistema de precios de mercado. Al asumir el poder público el rol de gran asignador de recursos, fijar tipos de cambio artificiales, instrumentar controles de precios y subsidiar discrecionalmente a sectores industriales bajo el paradigma de la sustitución de importaciones, se destruyeron las señales informativas indispensables para la evaluación del capital. La ilusión de armonía descrita en la obra de 1984 ocultaba en su núcleo un proceso sistemático de cálculo a ciegas, donde las decisiones de inversión dejaron de responder a las valoraciones subjetivas de los consumidores y al grado de escasez relativa de los bienes para supeditarse a las prioridades burocráticas del planificador central. La falacia del conocimiento expuesta por Friedrich Hayek halló así su verificación empírica más contundente: la pretensión de la tecnocracia estatal de coordinar una estructura productiva compleja al margen del orden espontáneo derivó inexorablemente en la deformación del aparato económico y en una masiva descoordinación entre los planes de producción y las necesidades reales de la sociedad.
Adicionalmente, la acumulación de distorsiones en la estructura de capital venezolana responde con precisión matemática a la Teoría Austriaca del Ciclo Económico. Las inyecciones masivas de liquidez provenientes del fisco y el crédito artificialmente expandido sin un sustento en el ahorro real previo alteraron la tasa de interés de mercado, provocando malas inversiones generalizadas en actividades altamente dependientes del blindaje estatal e incapaces de sostenerse en un entorno de competencia abierta. Cuando la renta disponible sufrió las fluctuaciones propias de los mercados internacionales, el ajuste no representó una crisis exógena e imprevista, sino la manifestación inevitable de la liquidación de inversiones insostenibles. En este contexto, la función empresarial, descrita por Israel Kirzner como el motor del descubrimiento y la corrección de desequilibrios, sufrió una perversión sistemática: la perspicacia de los agentes económicos fue sofocada o desviada hacia la búsqueda de rentas, donde el éxito productivo dependía de la cercanía a los centros de decisión política y de la obtención de divisas o licencias de importación, degradando la ética del esfuerzo y reemplazando la eficiencia competitiva por el cabildeo burocrático.
Revisitada desde la perspectiva contemporánea, la obra de 1984 mantiene una vigencia metodológica y conceptual intacta, pues demuestra que la dinámica de la ilusión rentista no ha sido erradicada, sino que ha mutado en sus formas de manifestación. Las fases de aparente estabilidad o flexibilización pragmática que ha experimentado el país en su historia reciente no constituyen la refundación de un orden institucional basado en la propiedad privada sólida y el Estado de derecho, sino la reiteración del fenómeno de pacificación contingente mediante equilibrios precarios. La lección fundamental que se deriva de la conjunción entre la sociología del caso venezolano y los principios de la ciencia económica es que las leyes económicas no prescriben ni son moldeables por el voluntarismo político. El intento deliberado de sustituir la soberanía del consumidor por la discrecionalidad pública y de vulnerar los derechos de propiedad, conduce invariablemente al agotamiento de la estructura productiva, demostrando que mientras no se reinstauren los mecanismos espontáneos del libre mercado, cualquier pretensión de prosperidad continuará siendo apenas la reedición de una nueva y costosa ilusión de armonía.
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FUENTE: >>Econ. Jose Gregorio Santeliz C
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