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lunes, octubre 19, 2026

De la Crematística a la Acción Humana: Aristóteles y los fundamentos institucionales de la propiedad

Econ. José Gregorio Santeliz C

La indagación sobre la naturaleza de la riqueza y el orden social no comenzó con las grandes escuelas del pensamiento económico moderno, sino con las intuiciones filosóficas de la antigüedad clásica. Es cierto que Aristóteles, en sus reflexiones sobre la ética y la política, observaba con abierta desconfianza la acumulación indefinida de moneda —actividad que calificaba peyorativamente como crematística antinatural— al considerarla un fin en sí mismo desvinculado del bienestar de la polis. Sin embargo, más allá de sus reservas sobre el comercio monetario, el pensador de Estagira sentó las bases metodológicas y ontológicas sobre las cuales, siglos más tarde, Carl Menger y la Escuela Austriaca de Economía edificarían la ciencia de la acción humana. Comprender la convulsa realidad económica venezolana actual exige acudir a esa síntesis intelectual que une el esencialismo y la defensa aristotélica de la propiedad privada con el rigor contemporáneo de la praxeología, la Escuela de la Elección Pública (Public Choice) y la Nueva Economía Institucional.

El primer gran puente metodológico entre Aristóteles y la tradición austriaca reside en el esencialismo ontológico. Mientras que las corrientes neoclásicas y Keynesianas intentaron transformar a la economía en una disciplina puramente cuantitativa, reduciendo la conducta humana a modelos matemáticos de equilibrio estático, Aristóteles buscaba comprender la «esencia» y la causa final (_telos_) de los fenómenos naturales y sociales. Menger rescató esta impronta filosófica para demostrar que los fenómenos económicos no son agregados estadísticos despersonalizados, sino el resultado necesario de las valoraciones y fines subjetivos de los individuos. La esencia del mercado es la acción humana intencional en condiciones de escasez. Cuando una economía padece distorsiones profundas, inflación descontrolada y parálisis productiva, la causa primordial no radica en fallas mecánicas de la oferta agregada, sino en la alteración violenta de las condiciones institucionales que permiten al individuo actuar de acuerdo con su naturaleza racional.

En su análisis de los bienes, Aristóteles fue pionero al trazar la distinción fundamental entre el valor de uso y el valor de cambio, reconociendo que la utilidad de las cosas proviene de su capacidad para satisfacer necesidades humanas directas. Carl Menger profundizó este concepto mediante la teoría del valor subjetivo y la utilidad marginal, demostrando que los bienes no poseen un valor intrínseco ni determinado por los costos de producción, sino que adquieren valor en la medida en que la mente humana los juzga aptos para alcanzar un fin deseado. En la Venezuela contemporánea, las intervenciones estatales masivas —como el control de precios, la fijación artificial del tipo de cambio y las regulaciones coercitivas a la comercialización— han buscado ignorar de manera sistemática este principio esencial. Al pretender decretar el «precio justo» o la utilidad de los bienes por vía de edictos administrativos, los planificadores centrales destruyen la función informativa de los precios relativos. El resultado inevitable de este divorcio entre el decreto gubernamental y la valoración subjetiva de los ciudadanos ha sido la escasez, el desabastecimiento y el colapso del comercio formal.

Sin embargo, el aporte más perdurable de Aristóteles a la teoría de la libertad y el desarrollo económico se encuentra en su célebre crítica a la comunidad de bienes propuesta por Platón en _La República_. Aristóteles argumentó con lucidez insuperable que la propiedad común sufre de un vicio trágico: aquello que pertenece a todos es lo que menos se cuida, pues los hombres prestan la mayor atención a sus pertenencias individuales y descuidan lo que comparten en colectivo. Este enunciado constituye la formulación germinal de lo que la economía moderna denomina la «tragedia de los comunes» y la justificación ontológica de los derechos de propiedad privada. Para la Escuela Austriaca, así como para la Nueva Economía Institucional de Ronald Coase y Douglass North, la propiedad privada claramente definida y jurídicamente tutelada no es un privilegio de clase, sino la condición indispensable para el cálculo económico, la asignación eficiente de recursos escasos y la conservación del capital.

La experiencia económica de Venezuela durante las últimas décadas ofrece una ilustración dramática de la tesis aristotélica. El proceso de estatización, la expropiación de activos agrícolas e industriales y la conversión de sectores enteros de la economía en «propiedad social» o estatal derivaron exactamente en el resultado previsto por el filósofo estagirita: la desidia, la dilapidación, la corrosión de la infraestructura productiva y la pérdida sistemática de productividad. Como demuestra la Nueva Economía Institucional, las instituciones —comprendidas como las reglas del juego formales e informales que estructuran la interacción humana— determinan los costos de transacción en una sociedad. Cuando el Estado vulnera la intangibilidad de la propiedad privada, la incertidumbre jurídica se eleva exponencialmente, la previsión se vuelve imposible y los incentivos para la inversión productiva de largo plazo se desploman por completo.

A este cuadro de erosión institucional se suma el análisis perspicaz de la Escuela de la Elección Pública, liderada por James Buchanan y Gordon Tullock. Esta corriente de pensamiento demuestra que los gobernantes y burocráticos no son seres omniscientes o benévolos dedicados desinteresadamente al «interés general», sino agentes económicos guiados por su propio interés personal y la búsqueda de maximización del poder. En un entorno donde las facultades del Estado se expanden sin contrapesos constitucionales, la actividad económica se desplaza de la producción de riqueza en el mercado libre hacia la búsqueda de rentas políticas (_rent-seeking_). Las empresas y los actores económicos dejan de competir por la preferencia del consumidor mediante la calidad y el precio, para concentrar su perspicacia en la obtención de permisos, cuotas de importación, divisas subsidiadas, exenciones fiscales y favores burocráticos. La crematística destructiva que Aristóteles temía no surge del mercado libre, sino precisamente del favoritismo estatal y de la interferencia política en los intercambios voluntarios.

En la sociedad venezolana, la distorsión del entorno institucional ha modificado profundamente el comportamiento praxeológico de las personas. La destrucción de la moneda sana ha anulado la capacidad del signo monetario para servir como cálculo de costos y beneficios a futuro. Al impedirse el funcionamiento del mercado libre, la acción humana se ha visto forzada a refugiarse en la informalidad, el arbitraje apresurado y la adopción espontánea de monedas extranjeras y mecanismos digitales como paraguas de supervivencia. Este proceso de dolarización y uso de monedas competidoras no ha sido el resultado de una planificación estatal, sino una manifestación pura de la perspicacia empresarial descrita por Israel Kirzner: los ciudadanos, en el ejercicio irrenunciable de su libertad, descubrieron en las divisas internacionales el instrumento praxeológico adecuado para preservar el valor de su trabajo y reconstruir los intercambios económicos al margen del arbitrio oficial.

La reconstrucción de la economía venezolana y el tránsito hacia la prosperidad requieren, por consiguiente, un retorno a los principios fundamentales del orden espontáneo y la filosofía clásica. No bastan los ajustes de política macroeconómica superficiales ni las promesas de eficiencia administrativa dentro de un modelo intervencionista. La verdadera reforma debe ser institucional y constitucional, devolviendo a la sociedad las garantías de seguridad jurídica, la estabilidad de las reglas de juego y el respeto irrestricto a los derechos de propiedad privada.

Cuando la ley vuelva a cumplir su función primordial de proteger la vida, la libertad y la propiedad individuales, el mercado libre resurgirá como el único mecanismo capaz de coordinar el conocimiento disperso de la sociedad y generar abundancia. Restablecer la propiedad privada en su dimensión más plena implica garantizar que el fruto del esfuerzo de cada individuo le pertenezca legítimamente, permitiendo que la producción, el ahorro y la inversión de largo plazo vuelvan a ser la base del desarrollo. En última instancia, la lección de Aristóteles, tamizada por la sabiduría de la Escuela Austriaca, la Elección Pública y la Nueva Economía Institucional, es categórica: solo en una sociedad de hombres libres, respaldada por instituciones sólidas que protejan la iniciativa individual y el derecho de propiedad, será posible superar la ruina de la planificación central y permitir que la acción humana alcance su más alta realización productiva y humana.

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FUENTE: >>Econ. José Gregorio Santeliz C

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