La concesión del Premio de Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel a Robert E. Hall y Michael Woodford ha sido recibida por la ortodoxia académica y los organismos multilaterales como la consagración definitiva de la ingeniería macroeconómica moderna. Se pondera como un gran hito el haber dotado a los modelos neokeynesianos de rigurosos «microfundamentos», permitiendo que los bancos centrales gestionen las fluctuaciones cíclicas mediante la manipulación de expectativas (_forward guidance_) y ajustes milimétricos en las tasas de interés. Sin embargo, cuando se examina este aparato analítico a la luz de la síntesis doctrinal de la Escuela Austriaca de Economía —reconocida históricamente con galardones como el de Friedrich Hayek en 1974—, complementada por los aportes de la Escuela de la Elección Pública (_Public Choice_) y la Nueva Economía Institucional, el brillo de estos modelos se desvanece. Lo que la academia presenta como una herramienta de estabilización científica no es más que un sofisticado ejercicio de tecnocracia que ignora las leyes de la acción humana, soslaya los costos institucionales del poder político y perpetúa las mismas distorsiones monetarias que generan las crisis que pretende curar.
Para abordar esta crítica desde sus cimientos, es imperativo recordar la advertencia magistral que Friedrich Hayek formuló en su conferencia Nobel de 1974 bajo el título de _La pretensión del conocimiento_. Hayek denunció el error fatal de aplicar a las ciencias sociales los métodos de las ciencias naturales, pretendiendo que los planificadores económicos poseen información perfecta y pueden controlar variables agregadas mediante ecuaciones matemáticas. Los modelos de Hall y Woodford, por muy avanzados que parezcan al integrar decisiones individuales (_forward-looking_) y rigideces de precios, siguen atrapados en la falacia del ingeniero social. Pretenden que un comité de banqueros centrales, analizando modelos de equilibrio general estocástico dinámico (DSGE), puede anticipar y neutralizar las perturbaciones de la oferta y la demanda global. La praxeología misesiana demuestra que esto es epistemológicamente imposible: el conocimiento económico relevante está disperso, es subjetivo y cambia constantemente en la mente de millones de individuos, por lo que ningún modelo matemático —por sofisticados que sean sus microfundamentos— podrá jamás sustituir al sistema de precios libres y al mercado desregulado.
Desde la perspectiva de la Nueva Economía Institucional, representada por pensadores como Ronald Coase y Douglass North, los costos de transacción y los derechos de propiedad son los verdaderos determinantes de la eficiencia económica. En este sentido, los modelos neokeynesianos de estabilización ignoran el costo institucional más corrosivo de todos: la destrucción del orden monetario. El dinero no es un velo neutral ni un parámetro que los planificadores puedan manipular a discreción para cerrar "brechas de producción" (_output gaps_). Cuando los bancos centrales fijan artificialmente las tasas de interés o inundan el mercado de liquidez basándose en las recomendaciones de modelos de expectativas, alteran el cálculo económico, desorientan a los empresarios y desencadenan la malinversión de capital que conduce inexorablemente al ciclo de auge y recesión. Pretender solucionar las crisis económicas mediante una mayor manipulación monetaria, amparada en la retórica de la orientación prospectiva, equivale a intentar apagar un incendio avivado con combustible técnico.
A esta ceguera institucional se suma la perspectiva lapidaria de la Escuela de la Elección Pública, galardonada también con premios Nobel a través de figuras como James Buchanan. El enfoque de la _Public Choice_ derriba el mito benevolente del Estado y del banquero central como entidades neutrales dedicadas desinteresadamente al bienestar social. Los gobernantes, burócratas y tecnócratas son actores económicos maximizadores de utilidad, sujetos a los mismos incentivos egoístas que cualquier otro individuo, pero con una diferencia cardinal: operan bajo el monopolio de la coacción legal.
Cuando los modelos de Hall y Woodford otorgan a los bancos centrales un poder discrecional tan vasto para intervenir en la economía basándose en su capacidad de comunicación y gestión de expectativas, ignoran por completo la realidad política institucional. En la práctica, las herramientas de "estabilización" y las políticas no convencionales terminan siendo capturadas por grupos de interés, instituciones financieras privilegiadas y corporaciones adeptas al poder político mediante la búsqueda de rentas (_rent-seeking_). La supuesta ciencia de la estabilización macroeconómica se convierte así en un velo legitimador del intervencionismo estatal, donde la manipulación de la moneda beneficia a los primeros receptores del dinero nuevo en detrimento de los asalariados y ahorristas comunes, acelerando la desigualdad y la erosión del tejido social.
La experiencia histórica de naciones sometidas a profundas distorsiones macroeconómicas —como el caso de Venezuela, donde el colapso monetario e institucional ha pulverizado el cálculo económico— demuestra de manera dramática la bancarrota de las políticas de ajuste neokeynesianas. En entornos de extrema volatilidad, las recetas basadas en la gestión de expectativas o en la calibración de la demanda agregada carecen de absoluto sentido cuando las instituciones básicas, la seguridad jurídica y la moneda sana han sido destruidas por la coacción estatal. Allí no se requieren modelos matemáticos de estabilización, sino una restitución radical del orden institucional: la defensa irrestricta de la propiedad privada, la autonomía contractual y la libertad monetaria que permita a los ciudadanos elegir libremente el medio de intercambio que mejor proteja los frutos de su trabajo.
En conclusión, condecorar los modelos de Hall y Woodford como la cúspide de la ciencia económica revela una preocupante resistencia a aprender las lecciones fundamentales de la historia intelectual del siglo XX. Mientras la tecnocracia internacional siga confiando en que la salvación económica depende de la habilidad de los planificadores estatales para manipular expectativas y tipos de interés mediante fórmulas matemáticas, las economías seguirán expuestas a la inestabilidad artificial. La verdadera prosperidad no brota de la ingeniería macroeconómica, sino del orden espontáneo de un mercado libre, respaldado por instituciones sólidas, una moneda honesta y el respeto absoluto a la acción humana.
FUENTE: >>Econ. José Gregorio Santeliz C
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