
El Gobierno (a estas alturas, devenido en régimen) de Nicolás Maduro está haciendo todo lo que pueda para explotar el diálogo con la oposición venezolana. Por supuesto, quiere hacerlo sin tener que pagar el costo político de abiertamente retirarse, lo que dejaría claro para el resto del mundo que en Venezuela hay una dictadura.
Y mientras no solo no ha concedido nada en ninguno de los puntos que se acordaron el 30 de octubre (liberación de presos políticos, reconocimiento de la Asamblea Nacional, independencia de poderes, apertura del canal humanitario y configuración de un cronograma electoral, entre otros), ha insistido en el lenguaje procaz que le caracteriza (una de las solicitudes que ha hecho el Vaticano para bajar la tensión en el país) y apenas el jueves en la noche, una inefable sentencia del no menos inefable Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) ha terminado de dinamitar la recolección del 20 % de las firmas para el referendo revocatorio al que Maduro tiene pánico, como le tiene pánico a cualquier elección popular.