Desde joven, he sido opositor, no por capricho, sino por convicción.
He visto gobiernos pasar, promesas vacías desvanecerse y líderes de todos los colores defender sus propios intereses mientras el pueblo, mi pueblo, queda a la deriva.
Hoy, desde mi lugar de trabajo, me duele más que nunca ser testigo de la parálisis, del miedo que atenaza a mis compañeros, que bajan la cabeza ante jefes que castigan la disidencia, que temen al que piensa diferente.
Me duele la dependencia, la incapacidad de alzar la voz sin temor a represalias. Estoy cansado.
Cansado de las noticias que manipulan, de los susurros del Caribe que traen ecos de arrogancia y poder.


