Coreografía de ausencia, degradación sin pudor, deshonra sin rubor, orden en el desorden. Incisión en el guargüero de un país que baila sobre el vacío. Cuando el Estado se pudre desde la médula y la sociedad se desgarra en un absurdo de cambalaches, cuitas e insuficiencias, lo que emerge no es caos, es método.
Un sistema de dominio que no se agazapa en la censura, le basta estrangular, asfixiar la dignidad utilizando el desbarajuste cotidiano. Bienvenido a la guachafita venezolana, donde la rutina es patria, y el horror costumbre.
El ciudadano no protesta porque es libre; lo hace porque se ahoga, y su grito se disuelve en la algarabía de la carencia. Y entonces, llega la ausencia presidencial. No como novedad sino como perfección del sistema. Es revelador, obsceno en su











